—¿Quién era ese señor?—le pregunté por lo bajo a Isabel.

Se encogió de hombros, sonrió con malicia, y al cabo dijo:

—...¡Un señor! ¡Un bendito señor, como dice la tía Tula!

—¿Cómo se llama?

—Don Oscar.

—Nombre romántico.

—Pues ¿sabe usted? él no tiene nada de romántico ni de poético—repuso, cambiando una mirada y una sonrisa significativas con su padre.

En resumen, después de aquella memorable visita, y a los cuatro días justos de haberse efectuado, Isabel recibió una carta de Gloria diciéndole que estaba ya en su casa.

—¿Qué le parece a usted de nuestros trabajos? ¡No contaría usted con el triunfo tan pronto! ¿verdad?

Mostreme en efecto asombrado de aquella rapidez, y más agradecido aún que asombrado. La condesita me pidió en albricias que le dedicase una de las poesías que de vez en cuando publicaba en La Ilustración Española, a lo cual cedí con gusto. No obstante, aquellas últimas palabras despertaron en mi mente un pensamiento cruel. Gloria estaba en su casa hacía dos días, había escrito a su prima, y para mí no había tenido una letra siquiera. ¿Me estaría alegrando estúpidamente de un suceso que no me iba a reportar ventaja alguna? ¿Resultarían ciertas aquellas calabazas que humorísticamente me había anunciado? Quedeme preocupado. Por más esfuerzos que hacía por aparecer alegre, no lo alcanzaba, y temiendo que se advirtiese demasiado mi distracción, despedime de los condes, repitiéndoles con efusión las gracias. Antes de partir, Isabel pudo decirme en voz baja que procuraría traer a Gloria a casa, y que cuando esto sucediese, me avisaría para que pudiésemos hablarnos. Esta promesa me conmovió extremadamente. El temor, la alegría y la esperanza se apoderaron a la vez de mí corazón. El conde, al apretarme la mano, también me dijo con exquisita cortesía: