—No basta lo que hemos hecho. Es menester llegar hasta el fin... Ya sabe usted cuál es... Véngase por aquí otro día, y trataremos de organizar la batida.

Salí de aquella casa en un estado de espíritu indecible, sin saber si me hallaba alegre o triste. Cuando pasaron dos o tres horas, la tristeza había crecido lo bastante para quedar señora del campo. A la caída de la tarde vino un suceso imprevisto a cambiar por completo el curso de mis emociones. Cuando regresaba a casa para comer, hallé a Paca esperándome a la puerta para entregarme una carta de Gloria. No quise abrirla delante del emisario, y traté de despedirlo lo más pronto posible. Pero la buena mujer estaba demasiado contenta con la salida de la señorita para no desahogarse un ratito. Entre interesado e impaciente escuché todos los pormenores: cómo D.ª Tula la había ido a buscar en coche; la grosería que con ella usaron en el convento, no saliendo a despedirla nadie más que el capellán; lo bien que le sentaba a la señorita el traje de sociedad; la alegría de todos al verla tan «salaíta y tan reguapísima» y todas las palabras insignificantes que con ella cambió en la conversación que habían mantenido. Al cabo se fue, y corrí a mi cuarto, encendí agitadamente la bujía y abrí la carta; «Ya estoy fuera del convento—me decía.—Si usted quiere recibir las calabazas prometidas, pase usted a las once por delante de mi casa. Estaré a la reja, y hablaremos». Puede juzgar cualquiera la viva alegría que aquella carta debió producirme. Todos mis sueños se realizaban de una vez. Gloria me quería, me daba una cita, y esta cita tenía el singular atractivo para un poeta y un hombre del Norte de ser a la reja. ¡La reja! ¿Verdad que este nombre ejerce cierta fascinación, despierta en la fantasía un enjambre de pensamientos dulces y vagos, como si fuese el símbolo o el centro del amor y la poesía? ¿Quién es el que, por poca imaginación que tenga, no ha soñado con un coloquio amoroso al pie de la reja en una noche de luna? Estos coloquios y estas noches tienen además la incalculable ventaja de que pueden describirse sin haberlos visto. No hay mosquito lírico de los que zumban en las provincias meridionales o septentrionales de España que no haya expuesto sus impresiones acerca de ellos y armado un tinglado más o menos armonioso con «los dulces acordes de la guitarra», «el aroma de los nardos», «la luz de la luna esparciendo sus hebras finísimas de plata sobre la ventana», «el cielo salpicado de estrellas», «el azahar», «los ojos fascinadores de la doncella», «su aliento cálido, perfumado», etc., etc. Yo mismo, en calidad de poeta descriptivo y colorista, había barajado en más de una ocasión estos lugares comunes de la estética andaluza, con aplauso de mis convecinos. Mas ahora la realidad excedía y se apartaba un poco de este convencionalismo poético. Por lo pronto, yo no reparé al entrar en la calle de Argote de Molina, a las once, si había en el cielo luna y estrellas. Debía de haberlas, porque son cosas naturales; pero no reparé. Lo que sí vi divinamente fue al sereno que estaba arrimado con su chuzo y farol a una puerta no muy lejos de la de Gloria. «¿Habrá que esperar que este tío se vaya?», me pregunté con sobresalto. Por fortuna, a los pocos minutos de espiarle se apartó de aquel sitio y se fue calle arriba. Además, yo iba a la cita sin guitarra ni capa, sólo con un junquillo en la mano y vestido de sencilla e inofensiva americana. Nada de brioso corcel tampoco, negro, tordo o alazán. Sobre las propias y míseras piernas, que por cierto me temblaban demasiadamente al acercarme a las ventanas de la casa. En una de ellas vi blanquear un bulto, y me aproximé hasta tocar en las rejas.

—¡Gloria!—dije muy quedo.

—Presente—respondió la voz de la joven.

Y al mismo tiempo su graciosa cabeza desnuda se inclinó hacia la reja y vi blanquear sus menudos dientes con la misma sonrisa hechicera y burlona que tenía yo dibujada en el alma. Vi lucir sus ojos negros de terciopelo. Quedeme inmóvil, sobrecogido, como si estuviese delante de una aparición sobrenatural, agarrado con entrambas manos a las rejas. No supe más que decir:

—¿Cómo sigue usted?

Aquella forma habitual de cortesía no despertó al parecer en ella ideas tristes, porque la vi acercarse la mano a la boca para ocultar la risa. Después de unos instantes de silencio contestó:

—Bien, ¿y usted?

—¡Cuántos deseos tenía ya de que llegase este momento!...—exclamé, comprendiendo que no estaba en situación, como se dice en el teatro.—No puede usted figurarse el ansia con que lo esperaba, Gloria...

—¿Y por qué tenía usted tantos deseos?