—Porque me atormentaba en el corazón el afán de decirle a usted que la idolatro.
—¡Noticia fresca! Pues, hijo, si en las nueve cartas que usted me ha escrito lo ha repetido cuarenta y una veces... Lo llevo por cuenta.
—Entonces será para decírselo la cuarenta y dos. Lo que nos está pasando, Gloria, parece una novela. No hace siquiera tres meses que la he conocido, y creo que he vivido tres años desde entonces. ¡Cuánto cambio! ¡cuánta peripecia! Era usted una religiosa, y hoy la encuentro transformada en una linda damisela.
—¿Me encuentra usted linda de verdad?
—Preciosa.
—Mil gracias. ¡Qué sería si usted me viera!
—La veo a usted... no bien; pero lo bastante para apreciar lo favorable del cambio.
Hasta cierto punto era esto verdad. Aunque la oscuridad que reinaba en aquel rincón no me permitía observar sus facciones, veía la silueta de su cabeza primorosa cubierta de cabellos ondeados. Cuando la inclinaba un poco hacia la reja, la escasa luz de la calle iluminaba su rostro, que me pareció algo más pálido que en Marmolejo, aunque no menos gracioso.
Hubo un momento de silencio, y embarazado por él, dije al fin:
—¿Ese cuarto es el de usted?