—Este no es cuarto, es la sala de recibo.
—¡Ah!
Y volvió el silencio. Notaba que sus ojos estaban fijos en mí, y, la verdad sea dicha, no se me figuraba que estaban impregnados de amor, sino más bien de curiosidad burlona.
—¡Si viera usted, Gloria, qué tristeza he pasado estos días en que no tenía noticias suyas! Creí que me había usted olvidado.
—Yo no me olvido nunca de los buenos amigos. Además, le había prometido una cosa, y de ningún modo querría dejar de cumplir mi promesa.
—¿Qué cosa?
—¿No se acuerda usted? Las calabazas...
—¡Ah, sí!—exclamé riendo.
Y animado por tales palabras, me pareció que debía dejar establecidas definitivamente mis relaciones amorosas, y dije:
—Pues bien, Gloria, no otra cosa vengo a hacer aquí sino a que usted me desengañe si estoy engañado, o a que usted confirme mis esperanzas de ser querido si tienen algún fundamento. Puesto que ya cuarenta y una veces le he repetido que la adoro, como usted dice, no necesito expresárselo de nuevo. Desde que la vi y la hablé en Marmolejo, me tiene usted prisionero por la admiración y el cariño. En sus manos está mi suerte y espero con zozobra mi sentencia.