Gloria tardó unos instantes en contestar. Tosió poco, y dijo al cabo:

—Ha llegado el momento fatal. Prepárese usted, que allá van... Señor don Ceferino, mentiría si te dijese a usted que desde los primeros días en que hablé con usted en Marmolejo no había comprendido que me estaba usted galanteando. Es más, yo creo que aquel beso que usted dio en el crucifijo de la madre Florentina la primera vez que nos vimos, se lo dio usted a mi salud...¿Se ríe usted? Bien; es que no ando descaminada. Estos galanteos me han costado algunos disgustos; pero no le guardo a usted rencor. Antes o después tenía que estallar el trueno, porque estaba resuelta a no quedarme en el convento, aunque tuviese que ir a servir de criada a una casa. Después, usted me ayudó mucho a salir con la mía, y por ello le estoy agradecida... Pero una cosa es el agradecimiento y otra el amor. Amor no he podido hasta ahora tenérselo a usted... Le estimo... me es simpático y no olvidaré nunca lo bueno que ha sido conmigo; pero, soy franca, no quiero que viva más tiempo engañado. Seré amiga sincera y cariñosa de usted... Novia, no puede ser...

Me es imposible definir el estado de mi espíritu al oír estas palabras. Fueron pronunciadas en un tonillo irónico que podía hacer creer que se trataba de una broma; pero los razonamientos eran tan verosímiles y lógicos, que destruían tal suposición. No obstante, haciendo un esfuerzo sobre mí mismo, solté la carcajada, exclamando:

—¡Vaya unas calabazas bien fabricadas! Parecen talmente naturales.

—¿Cómo? ¿No cree usted lo que le digo?... ¡Hijo, no está usted poco pagado de su personita!

—No es que esté pagado de mí, Gloria—repliqué, poniéndome grave;—es que cuesta trabajo creer que haya aguardado usted tanto tiempo para darme calabazas.

—¡Si no me las ha pedido usted hasta ahora!

—¿Pero habla usted en serio, Gloria?

—¿Por qué no? Vamos, usted se ha figurado que porque yo he aceptado su ayuda para salir del convento quedaba comprometida a adorarle, ¿no es cierto?

Una ola de sangre subió a mis mejillas. Los oídos me zumbaron. Comprendí, de repente, que había estado haciendo el tonto de un modo lamentable, que aquella muchacha se había burlado despiadadamente de mí. La indignación y la ira contrajeron mi hígado, que soltó una verdadera avenida de bilis, desbordándose en palabras. Estuve un rato bastante prolongado cogido a las rejas, mirándola con ojos llameantes en silencio. Al fin, con voz ronca de cólera, le dije: