—Lo que es usted una solemnísima coquetuela, indigna de fijar la atención de ningún hombre formal. No me pesa del tiempo que he perdido queriéndola, me pesa sí de haberla querido. Creí que bajo esa aparente frivolidad se ocultaba un corazón, pero veo que no hay más que vanidad y aturdimiento. Me alegro de saberlo de una vez, porque de una vez la arrancaré de mi corazón y mi pensamiento, donde nunca debió usted haber estado. Quede usted con Dios, y hasta nunca.
Al separar mis manos crispadas de los hierros, sentí la presión de las suyas y oí una comprimida carcajada que me dejó confuso.
—¡Eso! ¡eso! ¡Así me gusta usted, hombre! Ya iba empalagada de tanto dulce.
—¿Qué quiere decir esto, Gloria?
—Quiere decir que no sea usted tan melosito, porque el jarabe cansa y el incienso marea. Mire usted, ha adelantado usted más en un momento, llenándome de improperios, que en tres meses de lisonjas. Usted dirá que es que me gusta que me den con la badila en los nudillos. Puede ser. Pero yo le digo que a ningún hombre le sienta mal una mijita de genio.
—¿Sí? Pues aguárdese un poco, que voy a comenzar a insultarla a usted otra vez—dije riendo.
—¡No, no!—exclamó ella, riendo también.—Por hoy basta.
En aquella dulce y memorable sesión, que se prolongó hasta la una, quedó nuestro amor asentado y reconocido. Sin esfuerzo alguno comenzamos a tutearnos y nos prometimos fidelidad hasta la muerte, sucediese lo que sucediese. Por la calle no pasaba un alma. El sereno, desde que me viera arrimado a la reja, no se aproximaba. Manifesté temores de que enterase a D.ª Tula de nuestra conversación, pero Gloria me tranquilizó afirmando que en Sevilla nadie hacía traición a dos enamorados. Los serenos menos que ningún otro se fijaban en estos coloquios a la reja, que estaban viendo todas las noches. En las criadas también tenía confianza. Se nos presentaba, pues, una perspectiva de gratas conferencias, que me embriagaba de alegría.
—Concluirán por saberlo más tarde o más temprano—dijo.—Pero ¿qué? Trabajo les mando si intentan llevarme la contraria.
Y en sus ojos hermosos vi arder una chispa de travesura provocativa que me convenció, en efecto, de que no sería empresa fácil conducirla por caminos que ella no quisiera seguir.