—Ya es tarde. Mamá madruga mucho a misa y querrá llevarme consigo. Vete.

—Un poco más, salada. Aún no es media noche.

—Sí, en la Giralda ha sonado ya la una. Adiós.

—No; han sido las doce y cuarto...

El golpe lento y grave de la campana de la Giralda dio entonces la una y cuarto.

—¿Lo oyes? La una y cuarto. Adiós, adiós.

—¿Y te marchas así, sin darme la mano?

Me la alargó, y yo, como es lógico, traté de besarla; pero la retiró con fuerza.

—No, eso no. Aguarda un poco, te daré el crucifijo, como en Marmolejo—repuso riendo.

—Prefiero la mano.