—¡Hereje, vete!

—Dios está en todas partes. Pero, en fin, si quieres darme el crucifijo, lo guardaré con cariño como un recuerdo.

—Espérate un momentito. Tengo aquí el hábito.

Se retiró un instante y volvió trayendo el crucifijo de bronce, que me pasó al través de las rejas. Al tomarlo me apoderé de aquella mano morena y firme y la besé cuantas veces pude con voraz glotonería.

—¡Basta, chiquillo! ¿Crees que se va a concluir de aquí a mañana?

Me retiré de la reja con pena, ebrio de amor y de alegría. Tan mareado iba, que a los pocos pasos encontré al sereno y le di dos pesetas. Después me pesó, porque no había necesidad, según lo que Gloria me había dicho. Tampoco reparé esta vez si las estrellas centelleaban allá arriba con suave fulgor, ni si la luz de la luna se filtraba por el laberinto de calles oscuras, manchándolas aquí y allá con jirones de plata. Llevaba yo dentro del alma un sol radiante que me ofuscaba y me impedía observar tales menudencias.

IX

Hago amistad con un bendito señor.