El coloquio de la noche siguiente, si no tan prolongado, no fue menos dulce para mí que el de la anterior. Gloria, más fértil en astucias que el prudente Ulises, tenía ya un proyecto en la cabeza. Expresándole yo con tristeza mi desconfianza de que algún día llegáramos a unirnos, porque su madre no lo consentiría, exclamó riendo:

—¡Oh, qué pajarito eres tan madruguero! ¡Quién piensa todavía en esas cosas!

Con disgusto cambié de conversación, temiendo haber cometido una imprudencia; pero al cabo de un rato, ella misma volvió a sacarla de la manera espontánea y graciosa que caracterizaba su charla.

—Mira tú, cuando nos casemos, haremos un viaje a Francia, y pasaremos por las Provincias, ¿verdad? Tengo deseos de ver otra vez el colegio de Vergara, donde estuve dos años... Porque nosotros nos casamos; es cosa resuelta... Mi madre podrá tener intención de dedicarme a vestir imágenes, pero desde ahora renuncio al empleo. Ni me siento en el polletón, ni quiero que San Elías me apunte en su libro de memorias.

—¿Qué es eso de San Elías?

Me explicó que por Semana Santa sale un paso donde va San Elías con una pluma en la mano y mirando a los balcones. Se dice en Sevilla que va sacando una lista de las solteronas.

Reí de buena gana, porque me halagaba aquella resolución, y volví sobre la idea de matrimonio y a dolerme por anticipado de los obstáculos con que íbamos a tropezar.

—¿Sabes lo que se me ocurre en este momento?—dijo de pronto, mirándome fijamente.—Pues se me ocurre que debías entrar en casa y ser amigo de mamá... y de don Oscar.

—¿Quién es don Oscar?—le pregunté insidiosamente, pues, aunque vaga, ya tenía noticia de quién era y qué representaba este personaje en la casa.