—Don Oscar—dijo con alguna vacilación—es un señor que administra la hacienda de mamá... Es amigo antiguo de la familia...
—¿Y vive con vosotras?
—Sí, desde hace tres o cuatro años... Como es un señor viudo sin hijos y a mamá le sobraba mucha casa... se vino a vivir aquí...
Después me explicó que le era muy antipático, por el afán que tenía de meter la nariz en todo y dirigirlo y mangonearlo.
—¡Las lágrimas que me hizo verter ese maldito en los meses que estuve en casa hasta que volví al convento! Me puso un reglamento más estrecho que el del colegio. Desde que me levantaba hasta que me iba a la cama, no tenía un momento mío. Ahora quiso hacer lo mismo... ¡pero ya me lo he sabido sacudir!... Bueno—añadió, haciendo un gesto con la mano, como si alejase ideas enfadosas de la mente.—Importa mucho que tú te hagas amigo de este señor, porque mamá no ve más que por sus ojos. Lo mejor para ello es que vengas recomendado por algún carlista de los gordos, porque este señor es muy beato, ¿sabes?...Si te fingieras oficial de don Carlos, ¡qué gran golpe! Te recibiría, de seguro, con los brazos abiertos... Y tú tienes tipo de militar, con esos bigotes retorcidos y esa perilla. Además, eres buen mozo...
—Muchas gracias...
—Hombre, déjame que te diga alguna mentirilla, en pago de las que me has ensartado desde que nos conocemos... Pues nada, te finges oficial, pides una carta de recomendación a cualquiera y vienes a hacernos una visita.
Por la obstinación con que sostuvo este plan y por el modo resuelto y habilidoso con que iba descartando las dificultades que a él se oponían, entendí que lo tenía muy meditado. Quedé convencido de que, a pesar de lo dicho, había madrugado tanto como yo a pensar en nuestro matrimonio. El mayor obstáculo era que yo no había estado en la guerra y no podía hablar de las batallas y los sitios, que sólo conocía de oídas o por los datos vagos de los periódicos.
—Mira, don Oscar tiene una porción de historias y documentos de la guerra. Mañana te traigo dos o tres libros, los lees, y luego vuelvo a colocarlos en su sitio. Aunque los echase de menos, ¿cómo iba a presumir que yo se los había llevado?
—¿Y la carta de recomendación?