—Para eso entiéndete con tío Jenaro. Él es también un poco carlista y tiene un hermano que ha sido general con don Carlos... Sabe muchas cosas de la guerra, y podrás aprovechar algo de lo que él te diga.

El plan era arriesgado; pero Gloria me infundía aliento, y me dispuse a llevarlo a cabo con la prudencia y astucia que me fuera posible. No quise pedir la recomendación al conde. Comprendía que, siendo él también carlista, le había de repugnar algo esta farsa, por más que su amabilidad le hiciera consentir en ella. Me dirigí a Villa, a quien había oído decir que tenía un tío en Cádiz, presidente del comité carlista. En cuanto le manifesté mi plan, se apresuró con júbilo a secundarlo. Escribiole a su tío pidiéndole una carta de recomendación para D. Oscar, destinada a un oficial carlista amigo suyo, y no se hizo esperar. Provisto de ella, y después de haber convenido con Gloria la hora y las circunstancias de la visita, me personé en su casa a eso de las once de la mañana, preguntando por D. Oscar.

La criada que salió a abrirme me condujo, al través del patio que yo había mirado tantas veces desde fuera, a la sala de recibo, desde donde Gloria me hablaba. Aunque turbado y tembloroso, no pude menos de echar a la ventana una mirada enternecida. Sobre su alféizar se sentaba mi saladísimo dueño todas las noches. ¿Dónde se encontraría ahora? El corazón me decía que no debía de andar muy lejos; pero, por más que miré con atención a todos lados, desde que traspuse la cancela, no había logrado ver ni el borde de su vestido. La estancia donde me hallaba no era grande. Tenía el sello característico de las salas donde no se hace vida de familia y se destinan solamente a las visitas. Los muebles, antiguos todos, se hallaban esmeradamente cuidados y colocados en perfecto orden y simetría: las sillas forradas de seda color oro viejo, de alto respaldo terminado con unas bellotitas de poco gusto. El suelo tapizado de estera fina de paja. Con el sombrero en la mano y las manos colocadas sobre los riñones, comencé a dar vueltas examinando los cuadros que colgaban de las paredes. Lo primero que llamó mi atención fue un retrato al óleo que representaba una mujer joven y agraciada, con lejano parecido a Gloria. Llevaba en la cabeza la alta peineta que se gastaba a principios del siglo, lucía hermoso pecho y tenía entre las manos una paloma. Presumí que sería la madre de Gloria. A entrambos lados había dos cuadritos al pastel que decían debajo: «Les petits favoris du jeune âge». El uno representaba un niño dando de comer a algunos conejos. En el compañero se veía a otro niño abrazado a un corderito. Frente a estos cuadros, en el lienzo opuesto, había un reloj en forma de cuadro, igualmente representando un paisaje; por el día señalaba las horas un pequeño disco que figuraba ingeniosamente el sol; por la noche debía de señalarlas otro que figurase la luna. A los lados había dos medallones bordados sobre papel con sedas de colores y en el centro la firma de Gloria Bermúdez, y debajo una fecha bastante atrasada.

Aquella salita tenía extremado carácter, como hoy se dice. Respirábase una atmósfera donde se mezclaba el sosiego, la mojigatería, el bienestar físico, el misticismo, la soledad y la riqueza, que no sabría decir si la hacía grata o desagradable. No era de esas estancias que acusan al instante los gustos, la vida y hasta el carácter de sus dueños. Detrás de aquel orden, de aquella limpieza y esmero, no se notaba más que cierto apego a la tradición y una vida retraída, sin saber por qué causa. Lo mismo podía vivir allí una familia de la Biblia que de una tragedia de Shakspeare. Olvidábaseme decir que no sólo en el patio, sino en todo el tránsito que había recorrido, en los rincones de la sala y hasta en el medio de ella, se veían tiestos con flores. Luego que hube examinado todo lo que allí había, acerqué la nariz a estas flores, claveles, alelíes, rosas, y me pasé algunos segundos tratando de embriagarme con su perfume para calmar la inquietud que me atormentaba. Escuché entonces algunos golpecitos como dados en un cristal. Alcé los ojos, y vi pegado a las vidrieras de la puerta de la alcoba el rostro sonriente de Gloria. Con la agradable sorpresa que puede imaginarse me dirigí rápidamente allá; pero se retiró, poniendo un dedo en los labios, y no volví a verla.

Habían transcurrido diez minutos lo menos desde que la criada me había dejado en la sala, y D. Oscar no parecía. Aún transcurrieron otros cuantos. Al fin la puerta, que estaba entornada, se abrió y dejó paso a un hombre de figura por cierto originalísima. Era de estatura mucho menos que mediana, lo cual dependía, a no dudarlo, de la cortedad de las piernas, pues el torso era grande, robusto, casi atlético. Las facciones correctas, los ojos saltones y negros adornados con espesas cejas. Pero lo que caracterizaba fuertemente a aquel rostro eran unos enormes bigotes blancos que tapaban lo menos la mitad. Podría tener sesenta y pico de años.

—Servidor de usted, caballero—me dijo con desembarazo al entrar, clavándome sus ojazos.

La voz me dejó aún más confuso. Era un vozarrón poderoso de bajo profundo, áspero y seco, como si las cuerdas vocales fuesen de cáñamo. Saludele cortésmente, y venciendo la agitación que quería dominarme, le presenté sonriendo la tarjeta del tío de Villa.

—¡Ah! De don Alfonso.

Y enterándose rápidamente de lo que decía, levantó la cabeza, exclamando con satisfacción:

—¿Conque es usted de los netos? ¿Y ha hecho la campaña en el Norte? Apriete usted esa mano, compañero. A nadie se la doy yo con más satisfacción que a los soldados del rey y la religión... ¿Con qué general ha estado usted?