—He servido a las órdenes de Ollo y Dorregaray. En dos días me había tragado un número harto considerable de noticias referentes a la guerra, sacadas de la biblioteca misma de aquel extraño personaje. Tenía la cabeza mareada y corría grave peligro de equivocar los datos y decir algún disparate. Pero, comprendiendo que en la situación en que me hallaba hacía falta serenidad y osadía, me dispuse a responder con aplomo a todas las preguntas.

—¡Pobre Ollo!—exclamó D. Oscar.—¡Qué lástima de hombre! Era uno de los mejores generales que el rey tenía.

—Estaba yo a treinta pasos de él cuando cayó muerto—dije con la mayor desvergüenza.

—¿Un casco de granada?

—Le hizo pedazos la cabeza.

—¿Qué graduación tenía usted?

—Teniente de la cuarta del primer batallón navarro.

—A la entrada del rey en Francia, le habrá a usted hecho capitán.

—Eso es; todos ascendimos un empleo.

Invitome a sentarme con vivas instancias, y hablamos un rato de la guerra y de nuestras esperanzas, quiero decir, de las suyas, porque las mías se cifraban en cosas bien distintas y de las que él, por fortuna, estaba ignorante. Creo que puedo decir, sin faltar a la modestia, que salí no sólo bien, sino con lucimiento, del compromiso. Mi imaginación supo llenar los vacíos que en las noticias de los libros existían, describiendo interesantes y pintorescos pormenores, los accidentes de los combates en que me había hallado, los sitios, las personas, reconstruyéndolo todo con los vagos datos que tenía. Al mismo tiempo huía con cuidado de aquellos sucesos de más bulto, que mi hombre podía tal vez conocer bien. No insistí más que en las escaramuzas. En una de ellas, mientras esperábamos un convoy enemigo ocultos en un bosque de robles, sentí cierto campanilleo extraño y temeroso. Eran las espuelas de los soldados de caballería, que chocaban, por el temblor de las piernas, con las vainas de los sables.