—¿Cómo por el temblor? Yo pensé que los valientes voluntarios del rey no temblaban jamás.
—¡Oh! Crea usted, señor, que cuando se entra en batalla, al que más y al que menos se le encoge un poco el corazón. Es cosa de un momento. En cuanto se entra en la pelea, pasa.
Este dato, que yo había oído a un oficial amigo, como era en perjuicio nuestro, imprimió gran sello de verdad a todas mis noticias. Mientras departía con él, no dejaba de observarle. Hablaba con gran firmeza y aplomo, no parecía tonto, y mostraba cierta superioridad que me humillaba, aunque yo no fuese lo que estaba aparentando. Alguna que otra vez me interrumpía extendiendo la mano; hacía una observación en términos precisos, y cuando terminaba, volvía a extender la mano, diciendo lleno de condescendencia: «Puede usted continuar». Cuando me dirigía alguna pregunta y yo me disponía a contestar como Dios me sugiriese, solía atajarme exclamando; «¡Método! ¡método! No comience usted por el fin, porque no nos entenderemos». Escuchaba después con cortesía no exenta de severidad, dignándose aprobar con la cabeza mientras yo llevaba la palabra. En suma, los modales y las palabras de aquel señor, lo mismo que su rostro, parecían los de un ser superior, un poderoso gigante confiado en su fuerza, seguro de que su destino era el de dirigir a los demás seres que pueblan la tierra. De aquellas míseras piernas con que el cielo le había dotado hacía caso omiso. Por ventura se forjaba la ilusión de que correspondían perfectamente al ciclópeo torso y a su espíritu altanero. Preguntome por algunos personajes del carlismo que él había conocido, y dio la casualidad que siempre me había hallado algunas leguas distante de ellos. En cambio le hablé largamente del Pretendiente, a quien conocía por las fotografías, y de su esposa D.ª Margarita.
Por fin llegó la pregunta que esperaba.
—¿Y qué vientos le traen por aquí, señor Sanjurjo?
Como tenía bien preparada la respuesta, le expliqué prolijamente las desgracias que me habían acaecido desde la paz. Primero, había residido dos años en Bayona, manteniéndome con los recursos que nos proporcionaban a los emigrados algunas personas acaudaladas del partido. Cuando cesaron, me vi precisado a venir a España, y vivir a expensas de un hermano que tenía en Galicia, ayudándole en la administración de sus rentas. Pero este hermano había fallecido, y su esposa, a quien pertenecían todos los bienes, tenía un carácter que me había hecho padecer bastante, hasta que al fin rompimos definitivamente. Quedé sin medio alguno para vivir. Durante algún tiempo me sostuve como pude un el pueblo; pero ya, últimamente, lo pasaba tan mal, y me daba tal vergüenza deber algunas mensualidades en la posada, que decidí marcharme y buscar en cualquier parte una colocación honrosa.
D. Oscar escuchó con atención mi relato. Después comenzó a hacerme observaciones severas sobre los males que acarrea la falta de previsión y de ahorro, dándome una verdadera lección de economía doméstica. Para él, todas las desgracias humanas dependían de la falta de previsión y de método en la vida. «Distribuya usted bien el tiempo, distribuya usted bien el dinero, y todos seremos felices, y el mundo será una balsa de aceite.»
—Aquí, en Andalucía, casi, casi nos podemos creer dentro de ella. Todo lo componen con aceite las cocineras—dije sonriendo.
No le pareció bien la bromita. Permaneció grave y severo, y prosiguió desenvolviendo su tesis. No es que supusiera que yo había sido un malversador... pero se autorizaba el dudar que hubiese aprovechado todo el tiempo en cosas útiles.
—¡Oh, en cuanto a eso!...