—¿Lo ve usted?—exclamó con aire triunfal.—Pero, en fin, usted es muy joven aún, y puede corregirse.
Quedose después algunos instantes pensativo, y al cabo dijo, como si tomase una resolución importante:
—Voy a presentarle a la señora de la casa, una persona de grandísimo talento y consejo. Lo hago porque es usted un oficial de S. M., y deseo serle útil.
Agradecí el inusitado favor que me hacía. En cuanto se levantó del asiento, le perdí el respeto que le había tenido mientras permaneciera sentado. En esta posición, y no mirándole a las piernas, lo infundía realmente por sus bigotes, por su corpulencia, y sobre todo por su extraordinario vozarrón, que atronaba los oídos. Mas en cuanto ponía los pies en el suelo, volvía a ser el enano ridículo que me había excitado la risa al entrar. Olvidado siempre de sus piernas, o equivocado sobre su valor intrínseco, avanzó hacia la puerta pisando muy fuerte, la abrió y gritó como un trueno:
—¡Doña Tula! ¡doña Tula!
Al instante se oyó una vocecita lejana:
—¿Qué se ofrece, don Oscar?
—Tenga usted la bondad de venir un instante—volvió a decir el cíclope-enano.
—En seguidita.
Tornó a sentarse a mi lado, diciéndome en voz que para ser confidencial tuvo que semejar a un sordo gruñido: