Pero yo le eché una mirada tan furibunda que la pobre mujer, aterrada, cambió instantáneamente de expresión, y con la viveza y la astucia que caracterizan a andaluzas, dijo con perfecta naturalidad:
—Uté dispense, señorito... Le había confundío con don Celipe el inpetor del taller de pitiyo.
El cíclope enano no hizo alto en esta equivocación, y pude salir a la calle satisfecho del éxito de mi visita.
¡Cómo reímos por la noche Gloria y yo de la famosa entrevista y del peligroso encuentro! Mas al día siguiente tuve ocasión de ponerme serio, cuando, al presentarme a Don Oscar, éste me entregó un papel doblado, diciéndome:
—Ahí tiene usted la lista de sus obligaciones o de los trabajos que ha de desempeñar en esta casa.
Lo desdoblé, y vi una especie de cuadro sinóptico de los que se usan en las escuelas para determinar los trabajos de los niños, lleno de claves artísticamente trazadas y de rayas admirablemente hechas con tinta de China. Era la obra de un gran calígrafo: Mañana. De tal hora a tal hora: Examen de cuentas. De tal hora a tal hora: Correspondencia. Luego, media hora para almorzar, un cuarto de hora de descanso. Apenas me quedaba tiempo para rascarme. Aquella portentosa obra de caligrafía me puso de muy mal humor, sobre todo porque advertí que debía pasar la mayor parte del día en las oficinas de la fábrica, situada en las afueras de la ciudad, hacia el barrio de San Bernardo. Cuando con acento de amargura se lo dije a Gloria, ésta se echó a reír locamente.
—¡Pobrecillo mío, ya te ha caído el cuadro sobre la cabeza! Consuélate, hijo, que tu Gloria ha vertido muchas lágrimas sobre otros parecidos. ¡Qué hombre más apestoso! Cuando niña, en vez de traerme confites, se entretenía en dibujar cuadritos distribuyéndome las horas. De tal hora a tal hora gramática castellana. Después lección de solfeo. En seguida bordado. Por la tarde lección de dibujo... Y como mamá le apoyaba, no había más remedio que sufrirle... ¡Maldita sea su estampa!... ¿Quieres creer que ahora ha tenido la desvergüenza de hacer lo mismo? Verás tú. Al día siguiente de llegar del convento, al pasar por delante de su despacho, le veo muy atareado con el pocillo de la tinta de China a un lado y el tiralíneas en la mano... ¡Vaya, cuadrito tenemos! dije para mí. ¡Ya verás, saleroso, lo que hago yo con tus litografías! Por la tarde me lo entrega con mucha ceremonia. Yo lo recibo con la misma y le doy un millón de gracias. En seguidita me voy a mi cuarto y hago con él una pajarita preciosa... Ninguna me ha salido tan bien... El papel era gruesecito, ¿sabes?... Tenía el piquito levantado, que apetecía comérsela... Voy muy callandito a su alcoba y se la coloco sobre la mesa de noche. Al día siguiente le encontré con un hocico de media vara, que aún dura, y a mamá lo mismo... pero no me han dicho palabra.
Me dispuse a cumplimentar las tareas del cuadro sinóptico, con la esperanza de que aquello no duraría mucho tiempo. No dije nada a Villa ni a Matildita, ni a Isabel siquiera. Se hubieran reído de mí grandemente. Aunque pasaba la mayor parte de las horas en La Innovadora, gran fábrica de jabones comunes y finos perfumados (que por cierto examiné cuidadosamente, como quien cuenta ser pronto dueño de ella), algún tiempo me tocaba estar también en casa de Gloria, dando cuenta a D. Oscar de mis trabajos o escribiéndole algunas cartas. En estas ocasiones veía rara vez a mi novia, y cuando llegaba este caso, en los corredores, pasábamos el uno al lado del otro sin aparentar conocernos. El primer día que la vi le pregunté a D. Oscar, que iba conmigo:
—¿Quién es esta joven?
Tardó en contestar, y dijo al cabo con acento donde se traslucía sorda hostilidad: