—La hija de doña Tula.

—¿Tiene más que ésta?

—No... Y es bastante.

Me abstuve de insistir, porque el tono del enano era concluyente y revelaba mal humor.

Por detrás de él Gloria me solía hacer mil muecas, poniéndome en grave peligro de perder la serenidad y echarlo todo a rodar. Dos veces, en el espacio de ocho días, me invitaron a comer. Los manjares predilectos de aquellos seres eran tan extravagantes como ellos. Don Oscar cogía a puñados los berros y se los metía en la boca y los rumiaba como un buey. Además, hacía uso inmoderado del vinagre. Hasta lo echaba en la sopa. D.ª Tula, con empalagosa solicitud, se lo advertía.

—¡Don Oscar! ¡don Oscar!

—Déjeme usted, doña Tula. Atienda usted a su estómago, y no se meta en el de los demás—respondía con su voz formidable el enano, trayendo hacia si la vinagrera.

En cambio, D.ª Tula abusaba fuertemente del azúcar. Era cosa que me causaba náuseas verla echar cucharadas colmadas en cuantos platos se la presentaban. D. Oscar comía rajas de naranja con aceite y vinagre. D.ª Tula espolvoreaba de azúcar los pimientos.

Así se pasaron diez o doce días. La exactitud de don Oscar me abrumaba. Estuve por mandarlo al diablo más de veinte veces. Cuando me encargaba de cualquier comisión, sacaba del bolsillo su enorme cronómetro.

—Tiene usted que llevar estas letras a la presentación. Después debe usted pasar por casa de Ricardo y ver si le quiere dar algún dinero, a cuenta de las cincuenta cajas que se llevó el mes pasado. Son las diez y treinta y cinco. Para ir al despacho de Arias, en la calle de San Pablo, le bastan a usted ocho minutos; cinco más para presentar las letras, son trece; echemos diez para ir a la Campana, a casa de Ricardo, son veintitrés; ocho para tratar con él la cuestión de los cuartos, son treinta y uno, y seis para venir de la Campana hasta aquí... echemos nueve... son cuarenta... A las once y cuarto, o a todo más a las once y veinte, puede usted muy bien estar de vuelta.