—¿Te habías figurado, hijo, que el conquistar esta plaza no había de costar ninguna pena? Si fuese en otro tiempo, estarías a estas horas en un calabozo de la Inquisición por haberte atrevido a galantear a una monja.

Vi en la obscuridad brillar sus ojos negros, gozosos y blanquear las filas de sus dientes moriscos, y se huyó de repente mi tristeza. Sin embargo, dije exhalando un suspiro:

—¡Oh! Si esto dura mucho tiempo, me voy a quedar como una flauta... Mira, las sortijas se me salen del dedo.

—Mejor, cuanto más delgadito menos galleguito. Ya verás, chiquillo, ya verás lo que voy a quererte después que hayas pasado esta crujía. Conviene que mamá te tome algún cariño y don Oscar te estime. ¡Uf! Ya habla de ti como si hubiera tropezado con un tesoro escondido. Cuando llegue el momento damos el golpe... Te presentas un día con aquella levita tan larga que tienes... Mira, te ruego por Jesucristo vivo que no te me presentes delante con ella. Pareces el hermano mayor de la Paz y Caridad... Pero ese día sí, ¿sabes?... Es para que don Oscar te tome algún miedo... Pides mi blanca... digo, mi negra mano. A don Oscar se le erizan los bigotes y muge. Mamá llora y dice: «¡Pobrecita hija! Si se la ha de llevar un hombre, más vale que sea este señor de la levita larga, que ya entiende de jabones». Ya veras qué bien se arregla todo.

No participaba yo, como he dicho, de su optimismo. El cuadro sinóptico del bendito señor me traía loco. La curiosidad de Matildita estaba fuertemente excitada al verme salir temprano de casa y no volver hasta la noche, pues la mayor parte de los días almorzaba de prisa y corriendo en un café. En la tertulia de Anguita ya empezaban a correr bromas sobre mis desapariciones misteriosas. Excusado es decir que la que más preocupada andaba con ellas era Joaquinita. Isabel también se me quejó de que no iba por su casa ni le daba cuenta de la marcha de mis amores. Dijo que había estado un día a visitar a su prima, y que por ella sabía que hablábamos a la reja. «¡Parece mentira que sea usted más reservado!» Estuve tentado a soltar en su pecho el fardo que tanto me pesaba, pero un instinto de prudencia me retuvo. Quién sabe si me tomaría por un mentecato, viéndome en aquella ridícula situación. Por fortuna o por desgracia, vino un suceso inesperado a sacarme muy pronto de ella. Un día, al entrar en el despacho de D. Oscar, me encontré repantigado en una butaca al malagueño que había conocido en Marmolejo, a Daniel Suárez, mi presunto rival en el amor de Gloria. Quedé sin gota de sangre en el rostro. Toda debió fluir al corazón. Apenas tuve fuerzas para hacer una mueca que quiso y no pudo parecer sonrisa.

—¡Hola! ¿Usted por aquí?—dijo al verme, levantándose a medias del asiento y extendiéndome la mano.—No contaba verle tan pronto, amigo. ¿Cómo lo ha pasado usted?

—¿Se conocen ustedes, a lo que veo?—preguntó don Oscar con su voz recia y profunda.

—Hemos sido compañeros de cuarto en Marmolejo hace unos tres meses, poco más o menos... cuando Gloria estaba allí tomando las aguas, ¿sabusté?

Era el mismo hombre cínico y displicente. Sus ojillos negros y aviesos bailaban, sonrientes, de mí a D. Oscar, reluciendo de malicia. Si fuera posible quedar más desconcertado y confuso de lo que estaba, quedaría, seguramente, con estas palabras. Sentí la mirada de don Oscar en la mejilla, como una bofetada que me la enrojeció; pero no volví los ojos hacia él.

—¿Viene usted de Málaga?—pregunté, por preguntar algo.