—Sí, señor, vengo de Málaga... Me trae aquí un asuntillo, ¿sabusté?... un asuntillo—dijo, dando un chupetón y soltando el consabido chorrito de saliva. Al mismo tiempo me clavaba una mirada risueña, donde quise leer cierta burla despreciativa.—¿Usté también habrá venido a sus negocios?
—Sí, señor, aquí me ha traído un asunto que, por fortuna, ya tengo casi arreglado—respondí con tonillo impertinente, contestando a su mirada burlona con otra de desafío.
El amor propio herido hizo despertar la cólera en mi pecho. Y sin entrar en más contestaciones y sin volverme hacia D. Oscar, cuyos ojos sentía siempre posados sobre mí, dije:
—Vaya, señores, ustedes tendrán que hablar... Hasta la vista.
—Vaya usted con Dios, amigo... Y que el asunto se arregle del todo—me respondió Suárez.
Don Oscar no dijo una palabra. Pero al salir arrogante y altanero del despacho, resuelto a cualquier violencia si se me provocaba a ella, todavía sentí su mirada luciente y acerada en el cogote.
X
TROPIEZO CON UN GRAVE ESCOLLO