Sin embargo, el horizonte se presentaba muy oscuro, había que reconocerlo. Era menester comenzar de nuevo y urdir otras intrigas. Se urdirían. ¡Vaya si se urdirían! Pero ¿cómo empezar, si cortaban toda clase de relaciones entre Gloria y yo y se la llevaban a otro sitio, a un convento quizá? Pues la seguiría adondequiera que fuese y armaría un tejido tal de invenciones, que concluyesen por marearlos y hacerles ceder. Ceder, ¡ay! Si no estuviesen los cien mil pesos de Gloria por el medio, ya lo creo que cederían. «Pues yo no renuncio tampoco a ellos, aunque me hagan tajadas—dije con energía, entre dientes—. Podría renunciar si no se tratase más que de mí, y aun, si se quiere, de ella, pero hay que tener presente que mañana tendremos hijos, y que yo no puedo, en conciencia, despojarlos de lo que es suyo.» Pensando en estos hijos nonatos, despojados sin culpa del haber materno, me enternecí. Pasé aquel día en un estado de fuerte excitación, ideando mil monstruosidades y majaderías. Por la noche, al llegar las once, a sabiendas de que Gloria no podía estar en la reja, las piernas me llevaron a la calle de Argote de Molina. Calcúlese mi sorpresa y alegría cuando al pasar por delante de la casa vi la ventana abierta y percibí, como todas las noches, blanquear la figura indecisa de mi adorado sueño. Acerqueme con precaución, temiendo una emboscada; pero en seguida me convencí, al escuchar su voz, de que eran infundados mis temores. Me saludó muy enfadada, llamándome chinchoso, feo, ente, fatuo..., ¡gallego! Este era siempre el último insulto y el que, en su opinión, resumía y compendiaba todos los demás. La razón de aquella granizada de denuestos: que hacía diez minutos largos que eran sonadas las once y que esperaba. Quedé estupefacto.
—Pero, chica, ¿no sabes?
—¿Qué?...
Quise contarle el encuentro que había tenido por la mañana.
—Toíto lo sé; no me cuentes... ¿Y qué hay con eso?
—Pensé que tu mamá y don Oscar, al saber el engaño, te regañarían...
—¿Regañar?... Me armaron una escandalera atroz... Por supuesto, yo te negué con más desvergüenza que San Pedro a su Maestro... ¡Qué quieres, hijo..., las circunstancias!... Me preguntaron si te conocía... «En mi vida le he visto», contesté. «Pues ha estado en Marmolejo cuando tú.» «Pues no he reparado en él.» No es fácil que se hayan tragado la bola, porque es muy gorda; pero Daniel no debió de decirles nada. Se ha portado mejor de lo que podía esperarse.
—Si no lo ha dicho, lo dirá—manifesté con mal humor, producido por oírle llamar al malagueño por su nombre de pila, lo cual me parecía ya una infidelidad.
—¡Pues que lo diga! Si me aburren mucho, me planto como los borriquillos gallegos... (¡perdona, chico!) y digo: Señoras y caballeros, hasta aquí he llegado...