De malísima gana también me alejaba yo de aquel rincón oscuro y discreto, donde dejaba mi felicidad. A paso rápido iba salvando las estrechas calles anegadas en sombra, no viendo por encima de mi cabeza más que una banda de azul profundo sembrada de estrellas.
Todos los días me condecoraba, esto es, me ponía en el ojal la flor que llevaba en el pecho. Al día siguiente era menester llevársela marchita; la deshojaba cuidadosamente y me ponía la nueva. La idea de que pudiera regalar aquella flor a otra mujer la estremecía. Empezaba a notar con deleite que sentía celos, celos inconscientes y vagos que ansiaban formularse, sin llegar a conseguirlo. Hacíame mil preguntas acerca de la tertulia de Anguita, me obligaba a describirle minuciosamente todas las jóvenes que allí asistían, y luego, repentinamente, mirándome con fijeza a los ojos, me preguntaba:
—Vamos a ver: ¿y cuál es de todas la que más te gusta?
—Ninguna. Todas me gustan por igual.
—¿Por qué sueltas esas simplezas? ¿Crees que me voy a enojar porque te guste una más que otra? Al contrario, hijo.
—Yo no tengo ojos nada más que para mirarte a ti. Y desde que tú me gustas he perdido el gusto de todas las demás.
Ella, insistía con calor, llamándome embustero, gitano, comediante. Al fin, una noche, más por complacerla que por otra cosa, le dije:
—Pues, si he de serte sincero, la que allí me parece mejor es tu prima Isabel.
¡Dios eterno, qué hice! A pesar de la poca claridad que había, la vi ponerse densamente pálida.
—¡Ya me lo sospechaba!—exclamó con voz ronca y extraña, que me asustó—. ¡No había de gustarte una chica tan hermosa! Tú también le habrás gustado a ella, como si lo viera... ¡Lucido papel me habéis hecho representar! Pero esa es una infamia; sí, una infamia... Desde el momento en que has comenzado en recaditos con ella debí comprender que lo que ella quería era un novio más; mejor dicho, un esclavo más de los que lleva sujetos con un cordelito...