—Pero, Gloria, ¿qué estás diciendo ahí?

—No me trate usted de tú—exclamó, mirándome con ojos chispeantes de furor—. Yo no tengo ya nada que ver con usted... Márchese usted y déjeme el alma quieta...

Asombrado, dolorido, sin saber lo que me pasaba, traté de hacerla entrar en razón. Todo era inútil. No me escuchaba. Excitada por sus mismas palabras, que se atropellaban unas a otras, colérica, descompuesta, me cubría de denuestos, repitiendo a cada instante: «¡Márchese usted! ¡No quiero verle a usted delante!»

No hubo más remedio que aguardar a que se desahogase. Cuando lo hubo hecho, cayó en un singular abatimiento. Tapose la cara con las manos y comenzó a sollozar fuertemente. Aproveché aquellos momentos para decirle lo que creí del caso, demostrándole con razones irrefutables su engaño y el agravio que me hacía. Parece que mis palabras y mi actitud firme y serena hicieron sobre ella impresión, porque no tardó en parlamentar.

Sin embargo, me asaeteó a preguntas, procurando cogerme en contradicciones, observando mi rostro fijamente con ojos inquisitoriales. Después me hizo jurar más de cien veces, por todos los seres queridos que se me habían muerto, por todos los santos del Cielo, que sólo ella me gustaba de veras y sólo a ella quería. Uno de los juramentos, el último y más solemne de todos, me obligó a hacerlo de rodillas sobre las piedras de la calle.

—Si me engaña—concluyó diciendo, con la frente fruncida y mirándome severamente—, cuenta que te clavo un puñal en el corazón.

—Ahí va el puñal—dije, sacando el que me habían regalado en el Fomento de las Artes y que llevaba por precaución en mis excursiones nocturnas—. Te clavarás a ti misma clavando mi corazón—añadí, sonriendo.

—¡Ah gitano, macareno!—exclamó, mirándome al mismo tiempo con sorpresa y cariño—. Venga... Lo guardo... Ten por seguro que no escapas vivo si me haces traición.

—Casi me entran ganas de hacértela por el gusto de morir a tus manos.

Pasó del dolor a la alegría instantáneamente. Las carcajadas se sucedieron a los sollozos. Como si quisiera indemnizarme del susto y de las injurias que me había dicho, ninguna noche estuvo tan cariñosa y zalamera. Tirándome por las manos y sonriendo con sus ojos llorosos aún, exclamaba: