—¿No parece mentira que haya llegado a enamorarme de este modo de un gallego?

No obstante, desde entonces había días en que me hacía padecer mucho con sus celos injustificados. Tenía un miedo tan grande a que se la pegara, como ella decía, que sólo con la idea se estremecía y empezaba a injuriarme. Después me pedía perdón, riendo de sí misma.

Cerca de su casa había un establecimiento de bebidas, que solía estar abierto hasta hora muy avanzada. Una noche, hallándome, como de costumbre, en coloquio amoroso, se me presentó de improviso un chico, trayendo en la mano una batea de cañas de manzanilla. Acercose a mí y me dijo:

—De parte de unos señores que están ahí bebiendo, que haga usted el favor de beber a la salud de la señorita.

Quedeme estupefacto mirándole, y pensando después que era una broma, dije con malos modos:

—Yo no conozco a esos señores ni sé cómo se atreven...

Pero Gloria me tiró de la manga, diciéndome:

—Bebe.

La miré sorprendido.

—¿Hay que beber?