Y con cierta complacencia, que me molestó, contome algunos pormenores recientes de los amores de Villa. Al parecer, éste había escrito últimamente una carta a la condesita suplicándole le desengañase de una vez. En vez de hacerlo, ella le había respondido de un modo ambiguo y artificioso. Le decía que la había puesto en un compromiso serio, que su corazón le estaba pidiendo una cosa y que le era imposible escucharle; que obstáculos gravísimos le impedían responder como quisiera, etc.; una serie de palabras melosas para disfrazar unas calabazas muy amargas. El pobre Villa, en vez de darse por enterado, había replicado que le dijese cuáles eran esos obstáculos, para salvarlos si era posible, tornando a hacer protestas vivas de su amor y constancia.
—Pero ¿por dónde se supo eso?—pregunté bastante desabrido.
—Pues por la misma Isabel, que se lo ha contado en confianza a Ramoncita.
Me pareció aquello muy mal y formé de Isabel idea distinta de la que tenía. Desde entonces no podía hablar con Villa sin sentirme animado de compasión, que, por supuesto no dejé traslucir.
Por una de esas simplezas que los hombres inexpertos solemos tener, viví aquellos días en un estado de feliz confianza, que aún hoy, al recordarlo, me irrita contra mí mismo. Creía de buena fe que todo marchaba a pedir de boca, que don Oscar y doña Tula no pensaban ya en el engaño que les había hecho, que Gloria inventaría algún medio para casarnos antes que llegase a la mayor edad, y (¡esto es lo más original!) que Daniel Suárez había desistido por completo de sus pretensiones respecto a ella y me dejaba el campo libre. Pronto tuve ocasión de arrepentirme de tal confianza.
El día de Nuestra Señora, 15 de agosto (siempre recordaré la fecha), estuve a primera hora de la noche en la Británica con Villa. A eso de las diez, aunque ya era tarde para mí, se empeñó en dar una vuelta por casa de Anguita, y le acompañé no de buen grado. Estaba allí Daniel, más locuaz y alegre que de costumbre, conversando animadamente en un grupo de niñas. Al entrar, su mirada, casi siempre agresiva, se clavó en mí, con expresión maliciosa de burla y desprecio, que me lastimó como una bofetada. Le pagué con otra fría y desdeñosa, y me dispuse a sentarme al lado de Joaquinita por no unirme a aquel grupo. Pero el malagueño vino a mí muy risueño y se sentó también al lado de la de Anguita, y le dijo con una rudeza que todos se autorizaban con aquellas jóvenes, y él, por su carácter, con más razón:
—¿Para qué me perzigue usted a este gachó, si ya está amartelaíto perdío por otra niña zevillana?
—¿De veras está usted enamorado, Sanjurjo?—me preguntó Joaquinita, visiblemente contrariada.
—Cuando el señor lo dice...—repuse muy fríamente.
—Diga usted que zí... Es una morena hasta allí..., con unos ojos como dos negros bozales..., ¡ham!, dispuestos a comérselo a uno... ¡Y unos andares..., que el suelo cruhe de gusto cuando se siente su taconeo!...¡Luego un arma que ni la de un violín... y más zentío que un miura!...