Aquellos elogios brutales, que más parecían dichos en son de menosprecio, despertaron en mí profunda indignación, y dije, sonriendo rabiosamente:

—Le falta a usted lo mejor.

—¿Qué?

—Que tiene cien mil duros de dote.

El sarcasmo no le hizo efecto alguno.

—¡Ezo e! Y, además, se encuentra uno con el inconveniente de los cien mil duros. ¡Diga usté ahora que este zeñó no es má zabio que Víctor Hugo!

No sé en qué hubiera parado aquella conversación si no llega a levantarse y despedirse. Mi sangre estaba dando más vueltas que un argadillo. Luego que se fue me calmé un poco, aunque todavía tardé algunos minutos en contestar acorde a las preguntas que Joaquinita me dirigía. Disimulando mal su turbación y enojo, me pedía noticias de mi novia con una insistencia y una melosidad tan empachosa que yo no sé si hubiera preferido las insolencias del malagueño.

—Vamos, Sanhurho, no disimule uté má... ¿Es tan guapa como Daniel la ha pintao?

—Señora, ya le digo a usted que no ha sido más que una broma para divertirse un poco a mi costa.

—¡Jesú, qué pesao y apestoso está uté hoy, amigo! ¿Se figura uté que por hablar de ella se va a disipá en el aire como el álcali volátil?