—¿Qué favor quiere usted que le haga?

—Hacer que salga para que pueda decirle no más de dos palabras.

—¿Cuál es su apellido y en qué taller trabaja?

Esta terrible pregunta volvió a desconcertarme.

—¿Sabe usted que no puedo decírselo?—respondí, sonriendo hasta con las orejas.

El administrador me miró gravemente de arriba abajo y estuvo un rato indeciso, tal vez dudando entre si era un loco, un guasón, o un tonto. Parece que debió de inclinarse a este último partido, porque alzó los hombros y dijo sonriendo a uno que entraba a la sazón en el despacho:

—Oiga usted, Nieto: este señor desea que le busquen a «una tal Paca».

Y recalcó mucho las últimas palabras, lo cual no me hizo muy buena sangre.

—¿Para qué?—preguntó el empleado que entraba, dirigiéndose a mí.

Yo, acometido súbitamente de una gran dignidad, respondí con gesto desdeñoso: