—No lo sé.

Pero aquel empleado era, por lo visto, hombre amable y de buena pasta, porque insistió, diciendo:

—Si usted supiera el apellido, tal vez, preguntando por los talleres, podríamos dar con ella.

—Es una mujer de treinta años o más, pálida, de ojos negros, que lleva un pañolito blanco al cuello.

El administrador y él se miraron, dirigiéndose una leve sonrisa, no muy halagüeña para mí.

—Bueno, bueno, venga usted conmigo—dijo el complaciente Nieto con resolución entre galante y burlona—.Ya veremos si podemos dar con ella.

Salí, haciendo una fría inclinación de cabeza al administrador, y seguí al empleado, que comenzó a guiarme por los corredores.

—¿Usted no sabe en qué taller trabaja?

—No, señor.

Nieto se dolió de esta ignorancia con suavidad, como si en ello le fuera algo. Era un hombre alto, grueso, de fisonomía abierta y simpática. Sin saber por qué, parecía interesarse en mi negocio y no se cansaba, mientras caminábamos, de hacerme preguntas por donde pudiera ponerse en la pista de la cigarrera. Me dijo que era inspector del taller de pitillos, y que conocía personalmente a muchísimas operarias, sobre todo de vista.