—Esta noche pase uté por casa. Vivo en Triana, calle de San Jasinto. Pregunte uté por el corral de la Parra—me dijo Paca cada vez más agitada.

En aquel instante venía el inspector, que se había separado cuando entablé conversación con la cigarrera, y dijo sonriendo:

—Me ha revuelto usted el taller. Concluya usted pronto, porque estas niñas tienen, al parecer, ganas de bronca.

—¡Bronca! ¡Bronca!... ¡Bron...ca! ¡Bron...ca!—empezaron a repetir las cigarreras.

El grito se extendió por todo el taller. Y, acompañado por él, oyéndome llamar cabrón por tres mil voces femeninas, salí del recinto haciéndome que reía, pero abroncado de veras. Di las gracias al amable Nieto y me aparté de la fábrica, satisfecho a medias de la visita.

Fui derecho a casa, pero no intenté siquiera almorzar. La comida me causaba asco. Matildita dio cien vueltas en torno mío, como una gata mimada, intentando averiguar si me sentía enfermo, como decía, o bien me hallaba bajo el peso de uno de esos dolores morales que, por desgracia, ¡ay!, ella tan bien conocía. No le fue posible, y quedó grandemente desabrida. Encerreme en mi cuarto y me puse a escribir una carta a Gloria, que me resultó de nueve pliegos y una cuartilla. Yo no sé cuántas cosas le decía. Sospecho que estaba llena de repeticiones, y doy por seguro que abundaban en ella las metáforas, hipérboles, epifonemas y, en general, toda clase de tropos y figuras de dicción. Había, además, gran copia de signos de admiración y puntos suspensivos. También recuerdo que citaba una octava real de Espronceda y dos versos de Musset. Como formaba demasiado bulto para un sobre común, me vi precisado a fabricar otro, para lo cual pedí las tijeras a Matildita, que no dejó de echar una mirada penetrante a los pliegos escritos que estaban sobre la mesa.

—Don Seferino, uté escribe largo y no come... ¡Malo!

Vi en lontananza una nube de consejos presta a reventar sobre mí. Y no di juego, limitándome a alzar los hombros y a dejar escapar un gruñido galante.

Luego que tuve lacrado y sellado el protocolo, lo metí a duras penas en el bolsillo y salí a refrescar la cabeza, que bien lo necesitaba. ¡Tres horas había pasado escribiendo!

Cerca del oscurecer, pasando por la calle de las Sierpes, vi en la Británica a Villa, y entré a acompañarle. Invitome a beber una copa de cerveza. Acepté, porque sentía en el estómago una pena singular. Después de beberla, en vez de calmarse, creció esta pena, a tal punto, que pensé ponerme malo. Entonces surgió en mi mente la sospecha de que lo que tenía era hambre, y pedí un bistec. ¡Caso pasmoso! Hambre, y de órdago, era lo que yo padecía, pues devoré la carne y las patatas hasta no dejar migaja, y sobre esto pedí queso y otro bollo de pan. Nunca imaginara que un hombre, en el estado de espíritu en que yo me hallaba, pudiera sentir con tal apremio esa necesidad. Pero lo he visto comprobado prácticamente, y contra los hechos no hay argumento.