—¡Compare, qué carpanta se trae usted!

Villa se encontraba en felicísima disposición, alegre y chancero, que hubiera dado gozo a cualquiera y le hubiera despertado el contento. Pero yo, en vez de animarme, me fui poniendo cada vez más sombrío, y con el egoísmo del que padece ansias de amor, a riesgo de cortar aquel torrente de alegría que le inundaba, me puse a contarle con todos los pormenores lo que me estaba sucediendo. Doliose extremadamente del percance, y me aconsejó que, por sí o por no, cascase las liendres al malagueño. Mas, contra lo que esperaba, el relato de mis desgracias no logró mermar aquel tesoro de buen humor que guardaba. Siguió riendo y jaraneando lo mismo que si acabase de notificarle mil felicidades; lo cual no dejó de mortificarme un poco. Creía yo que mi historia era de las que manaban sangre y ablandarían las piedras.

Luego, sin ceremonia alguna, bruscamente, comenzó a hablar de sí mismo.

—Hombre, si viera usted qué aburrido anduve todos estos días, sin tener aquí a Isabel.

Hablaba de ella como si ya fuera suya, lo cual me hizo sonreír interiormente. Al mismo tiempo nació en mi espíritu cierto innoble deseo de vengarme por su falta de atención.

Afortunadamente, la condesita debía de llegar pasado mañana con su padre, y volverían los párrafos en casa de Anguita y las noches de teatro. A la sazón había comenzado a actuar una compañía de ópera en el de San Fernando. El comandante se las prometía muy felices. Hablaba con un entusiasmo, con una unción, de su adorada, que daba pena el considerar lo engañado que aquel hombre vivía; digo, daría pena a cualquiera que no estuviese, como yo, profunda y vivamente llagado por el desprecio de otra pérfida. Ruborizado como un colegial y tembloroso, volvió a hacerme por centésima vez confidente de unas niñerías que nunca me parecieron tan ridículas como entonces. Si se había sonreído cuando besó un guante que le cayera; si se estaba al balcón a la hora que él pasaba; si le echaba miradas largas, intencionadas; si le había concedido dos rigodones y una polca en el último baile del Alcázar.

De confidencia en confidencia, se conoce que se le fue subiendo la sangre a la cabeza, y concluyó por decirme, con el rostro encendido y los ojos brillantes:

—Voy a confiarle a usted un secreto, amigo Sanjurjo. Espero que usted me lo guardará con cuidado... Ya ve usted, hay cosas... Sabrá usted cómo he escrito a Isabel, poco antes de marcharme a Sanlúcar, haciéndole una declaración en regla y pidiéndole que me desengañase de una vez...

—Ya lo sé—repuse brutalmente.

Estupefacción de Villa.