—¿Lo sabe usted?
—Sí, y también sé lo que Isabel le ha contestado... Que su corazón le exigía una respuesta; pero que había gravísimos obstáculos que le impedían seguir los impulsos de su alma... A lo cual replicó usted que le dijese cuáles eran esos obstáculos, para salvarlos, si fuese posible...
El comandante se había quedado como una estatua, mirándome con ojos que, por lo abiertos, parecían querer saltar de las órbitas.
—¿Y cómo sabe usted eso?—preguntó, al fin, con voz áspera, donde se advertían el recelo y la amenaza.
—Lo sabe hoy toda Sevilla—le respondí con mal humor—. Isabel se lo ha contado a las de Anguita, y estas niñas no se muerden la lengua.
Le vi ponerse pálido. Guardó silencio obstinado, mirando fijamente a la copa de cerveza que tenía delante. Al fin, dijo con voz apagada:
—Nunca creyera a Isabel capaz de una acción tan fea.
Entonces yo, entre compadecido y rencoroso, con la complacencia que sienten los desgraciados al encontrar otros como ellos, le dije:
—Amigo Villa, por lo mismo que le estimo a usted de veras, voy a darle un consejo franco y leal. Creo que debe desistir de galantear a Isabel... Me duele ver a un amigo en ridículo, y que una muchacha se burle de un hombre tan formal y discreto como usted... A riesgo de darle un mal rato, le diré que me consta positivamente que Isabel se casa con su primo, el duque de Malagón, y que los padres han aprovechado el viaje a Sanlúcar para arreglar definitivamente el asunto.
No era verdad que me constase positivamente. La noticia me la había dado Joaquinita; pero lo dije así por cierto instinto dramático que todos los hombres tenemos, aun los más líricos.