Villa no respondió palabra ni pareció inmutarse. Siguió inmóvil, con la vista fija en la copa. Sólo observé que se había puesto más pálido. Su fisonomía simpática y varonil iba contrayéndose por momentos con expresión de dolor, que, al fin, logró conmoverme y que me olvidase de mí mismo.

Luego, con voz alterada, me dijo que me agradecía la noticia y que sentía no se la hubiese dado primero, lo cual dudé un poco. Quedaba convencido de que la condesita era una coquetuela que no merecía que ningún hombre se tomase por ella disgusto (¡pero él se lo tomaba, el infeliz!). Pensar en que había de volver a hablarle más que como amigo y con la mayor ceremonia posible, era pensar lo excusado. Estaba resuelto a hacerle comprender que no era ningún chicuelo o mentecato de quien se pudiera burlar impunemente.

Después de todo, salvando su hermosura, que seguía reconociendo, lo que en ella amaba y admiraba más era el espíritu candoroso y sincero que pensaba poseía. Desde el momento en que se demostraba que era una muchacha vulgar, falsa y vanidosa, el ídolo caía de su pedestal y dejaba de inspirarle amor y respeto. Sobre este tema se extendió muchísimo, acentuando cada vez más el tono digno y resuelto con que había comenzado. Yo procuré afirmarle en su determinación, hallando muy cuerdo todo lo que decía.

Salimos juntos de la cervecería, dimos unas cuantas vueltas entre calles. Haciendo oficio de paño de lágrimas, yo, que necesitaba tanto de consuelo, procuré distraerle, hablándole de otros asuntos, aunque inútilmente. Mostrábase silencioso, taciturno, y cuando hablaba, lo hacía de un modo distraído y como a la fuerza. Dejamos pasar la hora de comer. Viendo que la noche era ya cerrada, me despedí al cabo, porque su percance no me había quitado la memoria del mío.

Emprendila a paso largo hacia el barrio de Triana; salvé el hermoso puente que lo separa de la ciudad, y entré en la calle de San Jacinto, que es la primera que se encuentra de frente. En aquella hora reinaba allí mucha animación. La población de Triana se compone, en casi su totalidad, de obreros e industriales. Era el momento en que, llegados de sus faenas, se esparcen por las calles, charlan en grupos, se sientan delante de las casas, cantan y puntean la guitarra. La calle de San Jacinto tiene soportales feos y de sucia apariencia, donde hay tiendas, pobres también, para el gasto de los menestrales del barrio. A un muchacho que vi solo, arrimado al quicio de una puerta, le pregunté por el corral de la Parra.

—Dé usted veinte pasitos más, y aquí, a la izquierda, tiene usted la entrada.

En efecto, la hallé pronto, y di en un patio estrecho y largo, y luego en otro mucho más amplio que era, según vine a entender, el propio corral. Al mismo tiempo comprendí que llevaba la denominación de la Parra por una que tapaba un trecho del pasadizo, enredándose en palitroques viejos. Aquel gran recinto cuadrilongo ofrecía aspecto de pobreza, pero no de suciedad. La luz de la luna no alumbraba de lleno. Hacia el medio estaba el pozo del agua. En varios sitios veíanse tabladitos sostenidos por estacas y, sobre ellos, cantidad regular de macetas. Todas las viviendas tenían sus puertas abiertas, por donde se escapaban toques de luz que rayaban el pavimento empedrado. Constaban de un solo piso bajo. Algunas debían de tener estancias abuhardilladas, a juzgar por las bufardas que se veían en el tejado. Arrimadas a la pared había en casi todas macetas con flores.

—Diga usted, hermosa—pregunté a una joven de rostro correcto, virginal, que se hallaba delante de una puerta—: ¿me podría usted decir si vive en este corral una tal Paca?

—¿Sigarrera?

—Eso es.