—Sí, señó; allí enfrentito, donde está aquel jardinillo, ¿sabuté?

Le di las gracias, no sin dejar de echarle una larga mirada de inteligente satisfecho.

Ella bajó la suya, ruborizándose. Era la primera vez que veía esto en Sevilla. Recordando la escena de por la mañana en la fábrica, le dije:

—Apostaría a que no es usted cigarrera.

—No, señó; soy planchadora.

—¿De Sevilla?

—De Badajoz.

—¡Ah! ¡Es usted extremeña!

Y me puse a hacer el elogio de las extremeñas y a quejarme amargamente de lo desgarradas y burlonas que eran las sevillanas, todo por adularla. En esto de hablar a las mujeres con soltura había adelantado mucho desde que llegara a Sevilla. La verdad es que aquella chica merecía cualquier requiebro hiperbólico. Nunca vi un rostro de facciones más delicadas ni de ojos más claros y suaves. Algo pavita, con todo, como dicen en la tierra.

Mas hete aquí que, cuando me hallaba más enfrascado en la conversación, olvidado casi del asunto que allí me traía, aparece por el lado de la entrada del corral un joven con chaquetilla y pantalón ceñidos, faja encarnada y sombrerillo flexible, a interrumpir nuestros dimes y diretes. Acercose lentamente, con las manos metidas dentro de la faja y silbando por lo bajo una malagueña.