—¡Hola, Juan!—dijo la muchacha, inmutándose y sonriéndole con cariño.
—A la paz de Dios, señores—respondió el Juan gravemente, mirándome con fijeza.
«Éste es el novio», dije para mí. Y empecé a buscar medios de largarme dignamente, porque, cierto, estos novios de Andalucía suelen ser muy celosos, y, además, tienen la fea costumbre de gastar navaja.
—Y esa Paca está casada, ¿verdad?—pregunté.
—Sí, señor. Y tiene un montón de chiquiyo—respondió la joven, agradeciéndome el giro que daba a la conversación.
—Pues si ahora no estuviese muy ocupada..., necesitaba darle un recado.
—Yo no creo... El marido no ha venío, y Dios sabe cuándo vendrá, porque suele ajumarse un poco por ahí, y llega tarde... Etará quisá acostando a los niño...
—Pues, con permiso de usted, voy allá a ver si la veo.
Y traté de separarme, haciendo una inclinación de cabeza. Pero el joven de la faja, que no había dejado de mirarme con extraña atención, sin interrumpir su malagueña silbada, extendió la mano solemnemente, diciendo:
—No, cabayero, no vaya uté... Yo iré a darle el recao... Uté puee quearse con esta chavaliya, sin perjudicá...