«Bronca tenemos», pensé; y, como maldito el deseo que sentía de liarme con un chulo, me hice el tonto.
—Muchas gracias; quede usted con Dios.
Aléjeme a paso largo. Antes de llegar a la puerta de Paca ya oí ruido de bofetadas y lamentos.
Algunas mujeres se mantenían sentadas delante de las viviendas o salas, como allí las llaman, departiendo en voz alta. Dos hombres tocaban la guitarra en puntos opuestos del corral, y un chicuelo de doce a catorce años, con vocecita cascada y antipática, iba entonando unas carboneras con bastante estilo. La puerta de Paca estaba solitaria. Oí adentro su voz y llamé con los nudillos.
—¿Es uté, señorito? No le esperaba tan pronto—dijo la cigarrera, saliendo.
Cinco o seis niños la siguieron y la rodearon, mirándome con ojos de curiosidad.
—Sentiría estorbar.
—No, señor; no. Pase su mersé adelante.
Me condujo a una estancia reducida, pero muy aseada y amueblada con más decencia de lo que podía esperarse. En mi país hay salas de hacendados que no están tan bien puestas. Una consolita, un espejo, algunas sillas forradas, cortinas en la alcoba, y detrás de ellas, una cama bien aderezada, con colcha de punto de estambre y sábanas con encaje ordinario. Todo despedía un olor de limpieza y curiosidad que me fue grato.
—¡Oh, qué lujo!—dije, sonriendo—. Vamos, Paca, que no vive usted tan mal.