—¡Ay señorito!—exclamó ella, siempre rodeada de sus niños y con un quinqué de petróleo en la mano—. El lujo del pobre: mucha escoba y mucho trapo. Si fuera solita, no digo que no compraría algunas cositas que nos hasen farta, y estaría regulá. Pero ¡cómo quiere uté que una porspere con esta gusanera de chico!

El símil no dejaba de ser exacto. Los chicos, morenos, casi negros, delgados y medio desnudos, que se colgaban a sus faldas, parecían, en efecto, lombrices.

—¿Quiere su mersé esperá un momento aquí a que dé de senar a los niños y los deje acostado?

Respondí que prefería quedarme a la puerta de casa si me sacaba una silla, porque la noche estaba asaz calurosa, y así lo hizo.

Senteme, pues, al aire libre mientras terminaba sus quehaceres, y me puse a escuchar con sosiego los acordes suaves de las guitarras y la vocecita destemplada del niño, que parecía un hilo que se retorcía en el aire. Una mujer sacó agua del pozo, y el chirrido de la polea hizo coro a las guitarras y al chico. Pero lo que excitaba la curiosidad era la joven que había padecido persecución de bofetadas por mi causa. Escruté cuanto pude al través de los pies derechos del jardinillo, que tenía delante, y logré verla en compañía de su novio, limpiándose los ojos con el pañuelo, pero hablando ya tranquilamente.

—Oiga usted, Paca—le dije cuando vino a la puerta—. ¿Ve usted aquella joven que está allí enfrente?... Pues ya ha recibido esta noche unas bofetadas por mi causa.

—¿Qué dise usted?

—Lo que oye. Me acerqué a preguntarle dónde vivía usted, y en aquel momento llegaba ese chulapo, que debe ser su novio, y, al parecer, se ha enfadado.

—Sí, por variá... No hay un día en que no la arme ese gachó con too María Santísima.

—¿Quién es él?