—No... ¡Un disinificante!

—Pues ella tiene tipo de niña candorosa muy agradable. No pensé que tuviera novio.

—¡Oh! «No hay sábado sin sol, ni mosita sin su amor», como esimo aquí.

La imagen de Gloria surgió de improviso en mi cerebro al escuchar estas palabras. Sin acordarme ya de la joven ni del novio, ni de otra cosa en el mundo, repetí a la cigarrera, con frase calurosa y más amplificada, lo que me había sucedido con mi novia, y que a toda prisa le había contado por la mañana en la fábrica. Me escuchó con muchísimo interés, reflejándose en su expresiva fisonomía los diversos afectos que iban agitando su espíritu: la indignación, la duda, la tristeza, la esperanza. Cuando cesé de hablar, me dijo con acento de convencimiento que estaba segura de que su señorita no había hecho aquello por maldad o coquetería. Sin remedio allí debía de haber algún embuste del picaronaso del malagueño (ya le llamaba así sin conocerle). Conocía muy bien a su señorita: era bondadosa, campechana, caritativa.

—No es una de esas niña recosía, ¿sabuté?, que se lo guardan toíto pal ombligo. A mí señorita le baila el arma en los oho, ¿sabuté? Más clara que el agua clara y más fina que el oro... Tiene un geniesiyo como un cohete. Le da una gofetá al mezmo arzobispo en presona si se descuida..., pero en pasándole el aquel, es más durse que una corderita de Dios... Consentir ella un embuste, ¡quita ayá! Desirle a un hombre que le quiere y no ser verdá, ¡no lo piense su mersé, señorito!

Gran bien me hicieron aquellas palabras. Yo también pensaba como ella, o quería pensar al menos y cada vez me confirmaba más en mi sospecha. En apoyo de sus afirmaciones, Paca me contó varias anécdotas de la vida de mi novia, que escuché con entusiasmo y recogimiento. Hablamos largo rato de ella. Poco a poco fue serenándose mi espíritu y acudió la alegría a mi corazón. Al cabo de media hora de estar allí, no me cabía duda alguna de que el asunto se arreglaría inmediatamente, en cuanto Gloria leyese la carta suasoria que Paca tenía ya metida en su seno lacio de mujer abrumada de hijos y trabajos.

Entonces, para pagarle el bien que me hacía, mostré interesarme por su vida (mejor hubiera hecho en darle cinco duros, lo comprendo). Comencé a hacerle preguntas acerca de su situación. El patio se había ido despoblando poco a poco. El muchacho se había callado y una guitarra también. Sólo la otra persistía murmurando suavemente una canción melancólica. La cigarrera no tuvo inconveniente en ponerme al tanto de sus intimidades domésticas. Se había casado por amor, contra la voluntad de sus padres. El marido, que se llamaba Joaquín, pero a quien nadie conocía en el barrio sino por el mote de Fierabrás, ya anunciaba de muy joven lo que había de ser: calavera, pendenciero y borracho. Por esto quizá se había chiflado por él. Nunca le habían gustado de mocita los hombres formales y laboriosos. Su madre le daba cada soba que la breaba, a fin de arrancarle aquel maldito amor. ¡Ojalá la hubiera muerto de una! Pero nada: cuantos más palos, más se encendía su pasión por aquel perdío. En una ocasión, su padre, sabiendo que había estado con él en un merendero, la sacó de la cama, donde ya dormía, y la había dado con el tirapié (era zapatero) hasta saltar la sangre por muchas partes de su cuerpo. Su madre, otra vez, la había cogido por los pelos y la había arrastrado por toda la casa. Si no llegan los vecinos, la mata. Habíanla encerrado; tuviéronla a pan y agua una porción de días; quitáronla de trabajar en la fábrica y no la dejaban salir ni a misa. Nada; ella todo lo sufría con gusto por su Joaquín.

—Cuando ya me creían medio muerta de hambre y congoja, me ponía a cantá con la mayor desvergüensa:

Me han quitao de ir a misa,
me han quitao el confesá,
me han quitao de ir a verte.
¡Qué más me pueen quitá!

¡Uf! ¡Cómo se ponía la venturá de mi maresita cuando me oía esta copla!