Algún reparo podría ponerse, en buena lógica, a esta conclusión; pero la verdad es que entonces era legítima.
—Sí que te quiero. ¡Más de lo que tú te figuras!
—¡Mira que me figuro mucho!...
—Pues más aún...; pero el decirte semejante porquería es una indignidad que ese canalla me ha de pagar.
—Déjalo de mi cuenta, tonto. Vosotros no sabéis castigar esas cosas... Ya verás cómo yo sé tocarle en lo vivo.
Y tenía razón, porque supo tan bien manifestar su desdén, que a ninguno de la partida se le ocultó la vergonzosa derrota del malagueño. Volvió a quedar silenciosa mi dueña, y volvió a dirigirme rápidas miradas y a sonreír, esta vez con malicia.
—Te he visto—me dijo al cabo—pasear de noche por mi calle.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Estas noches pasaas, mientras hemos estao reñagaos..., y te he visto, además, haser una cosa...
—¿Qué cosa?—pregunté, poniéndome ya colorado.