—Besar las rejas de mi ventana... Vamos, no te pongas colorao, porque estuvo muy bien hecho.
—¿Dónde estabas tú?
—Pues detrás de las cortinas.
—¡Ah, cruel! Y no has tenido siquiera corazón para abrir y darme las gracias!—exclamé con tristeza.
—¡Qué quieres, hijo!—respondió, ruborizándose a su vez—. Bien me apetesió...; pero la honrilla..., la negra honrilla..., ¿sabes?... «No vaya a creerse ese tío lila—dije para mí—que le estoy asechando los pasos.»
—Pues no te lo perdono.
—¿Qué no me lo perdonas?—dijo, propinándome un soberano pellizco en el brazo.
—No—repetí, riendo y quejándome al mismo tiempo.
—¿No?—preguntó de nuevo, intentando darme otro.
—No—repuse con firmeza, levantándome y echando a correr por el bosque.