—Bueno—dije con afectada resignación—, no iré.

Tardó un poco en contestar. Pero inquieta tal vez su conciencia por mi estudiada humildad, dijo:

—No quiero que vayas porque sé lo que va a pasar... ¡Cómo si lo viera! Hoy están allí las chicas más bonitas de Sevilla, y tú te enamorarás de una... Y yo no quiero, ¿lo oyes? ¡No quiero, no quiero!

El arranque con que pronunció estas palabras me hizo reír.

—Bien, hija; si ya te he dicho que no voy.

—Es que lo dices así, en un tonillo de manso cordero..., como si fuese una tontada mía...

—No, querida, no. Lo hago con mucho gusto, puesto que tú me lo ordenas...

—No, yo no te lo ordeno.. Si quieres, vas, y si no, te quedas.

Concluyó por ponerse furiosa y decir que yo no la quería un tantito así (se picaba la falange del dedo chiquito) y que era muy desgraciada. Imagino que, en el fondo, de quien estaba descontenta era de sí misma.

Pronto se sosegó, y charlamos con la mayor alegría, como todas las noches. No obstante, cuando llegó el momento de separarnos, me preguntó sonriente, pero mostrando inquietud en los ojos: