—¿Te vas a casa?
—Sí.
—¿De veras?
—De veras.
Quedó un instante pensativa. De repente sacó su hermosa mano por la reja, me cogió la corbata y me la arrancó.
—Así ya no puedes ir al baile, aunque quieras.
—No había necesidad de eso. No tengo ningún deseo de ir. Si quieres que esté aquí hasta que amanezca, aquí estoy... Y a mí no me gusta ni me gustará jamás otra mujer que tú.
La firmeza y sinceridad con que pronuncié estas últimas palabras la conmovieron. Me apretó la mano con ternura y dijo, sacando otra vez la corbata por la reja:
—Toma; tengo confiansa en ti.
—Quédate con ella. Quiero que la conserves como recuerdo de esta noche.