Poco después de comulgar se aumentó la disnea, y a las diez y cinco minutos de la noche expiró la bella Raquel, del modo más inesperado, en la flor de la juventud, cuando una fortuna cuantiosa iba a caer en sus manos. Aquella muerte me pareció un verdadero sarcasmo del Destino, si no una lección tremenda de la Providencia. No pude menos de recordar el mal disimulado deseo que aquella mujer sentía de quedarse viuda y libre. ¡Quién le dijera, pocos días antes, que debía ponerse bien con Dios, porque aquel ochentón que tanto le estorbaba la iba a sobrevivir!
El dolor de Torres, vivo, profundo, desesperado, a todos pareció ridículo menos a mí. Cuando, quebrantado por los sollozos, hablaba de la «Raquel de su alma», los que habían ido a consolarle cambiaban rápidas miradas donde se traslucía una conmiseración burlona. Su pena era tan sincera, tan inmensa, que ni la presencia de Olóriz le estorbaba. Al contrario, noté con asombro que se dirigía a él con preferencia a nosotros, cual si creyese que, por amarla también, era el único capaz de entender y apreciar su dolor. El tema constante de su discurso era que mucho más valía que se hubiera muerto él, ya que de nada servía en este mundo. Parecía irritado con Dios por haber cometido aquella equivocación tan lamentable. Sentíase avergonzado de vivir él, tan viejo y tan feo, muriendo su mujer, joven y hermosa.
Hicimos cuanto pudimos por consolarle. Después de algunos días supe que la había dotado en vida en más de la mitad de su hacienda, y que la hermana de Raquel se había apresurado a reclamarle esta dote.
Mis amores experimentaron un gravísimo contratiempo. Una de aquellas noches, estando a la reja con Gloria, en medio de nuestro cuchicheo íntimo y delicioso, soltó ésta un grito de terror que me dejó yerto, agarrado a la reja sin poder moverme. Había sentido una mano apoyarse en su hombro. Era la de su madre. En la oscuridad de la sala vi blanquear la faz pálida de doña Tula y su pañolito amarillo y escuché su voz, de timbre agudo y delicado, exclamar:
—No te asustes, hija mía. No vengo a hacerte ningún daño.
Luego se inclinó hacia la reja y me dijo en tono irónico y alegre:
—Buenas noches, señor capitán.
Yo que, pasado el estupor, me disponía a emprender la fuga, apenas tuve fuerzas para contestar al saludo.
—Siento mucho haber hecho el papel de gavilán... Pero las tortolitas no deben asustarse, que no vengo a comérmelas...
Viendo que el asunto no se presentaba del todo feo, se me ensanchó el corazón y pude replicar, sonriendo humildemente: