—Espero que usted nos perdonará esta falta... Gloria no ha tenido ninguna culpa... He sido yo el que...

—¿Falta? Aquí no hay falta. Ustedes son jóvenes y se quieren... ¿Qué tiene de particular que se hablen por la reja?... Lo único que me traspasa el corasón es que mi hijita del alma no haya tenido confiansa en mí para desírmelo... ¿A quién mejor que a su mamaíta puede ella abrir el pecho? ¿Quién deseará su felisidá como yo?

Aquel desagradable suceso tomaba aspecto tan propicio, que me sentí enternecido y con ganas de besar la orla del vestido de doña Tula, como don Oscar había previsto cuando me habló de ella. Sin embargo, noté que Gloria continuaba grave y sombría, como había quedado así que se le pasó el susto.

—No ha sido desconfianza por parte de ella—dije, metiéndome en camisa de once varas—. Es que temíamos que a usted le pareciesen mal estos amores y nos los privara.

—¿Por qué? ¿Yo no he sido joven también y no he tenido novios? ¡Pobresita!—añadió, acariciando la cabeza de su hija—. ¿Tenías miedo de verdá a tu mamita?... No, hija, no; siendo el novio una persona regular..., y el señor lo es..., no hallo motivo... No sé por qué este señor ha dejado de venir a casa... Lo he sentido mucho... Pero, en fin, cuando él lo ha hecho, sus rasones tendrá.

Intenté explicar mi repentino alejamiento, sin herirla a ella ni a don Oscar. Pero estaba tan confuso y avergonzado, que no dije más que tonterías.

Doña Tula estuvo amabilísima conmigo; pero cuanto más lo estaba, más seria y cejijunta se ponía Gloria, que no había despegado ni despegó los labios durante nuestra plática. Por fin, la simpática mamá manifestó que era una hora intempestiva y fea aquella en que celebrábamos nuestros coloquios; convenía adelantarla, de nueve a once, por ejemplo. Lejos de poner estorbo a nuestras entrevistas, nos estimuló a proseguirlas.

Me despedí de madre e hija loco de contento. Poco faltó para llamar a doña Tula mamá; bien me apeteció el hacerlo. Sin embargo, cuando, entre el laberinto de casas sombrías, iba caminando hacia mi casa, no pude menos de pensar que mi futura suegra no había soltado prenda alguna respecto a la posibilidad de nuestro matrimonio ni me había invitado a entrar de nuevo en su casa. Además, se me vino de pronto a la imaginación que su actitud de ahora contrastaba con la que había tomado cuando supo o presumió que yo había venido a Sevilla y entraba en su casa por el amor de su hija, según ésta me había dicho. Por otra parte, la seriedad de mi novia, tan impropia de la ocasión, no anunciaba nada bueno. Tales reflexiones bastaron para echar agua sobre mi fervoroso entusiasmo y me acosté en la cama medianamente inquieto.

Al día siguiente recibí una invitación del presidente del Casino Español, que ya me habían anunciado, para que leyese algunas de mis poesías en aquel centro recreativo. Esta fiesta o velada ya se venía tratando hacía tiempo entre mis conocidos. Particularmente Villa formaba mucho empeño en ella. Como no hay felicidad en el mundo comparable a la que siente un poeta leyendo sus versos, me apresuré a contestar afirmativamente. Quedó convenido en que la lectura se daría el domingo próximo. Estábamos en jueves. Por la noche fui, a las nueve, como había quedado, a ver a Gloria. Estaba tan preocupado con la lectura poética, que, por un momento, la figura de mi novia aparecía en segundo término dentro de mi espíritu. La encontré más grave y preocupada. Cuando le hablé de la escena de la noche anterior, mostrándome muy contento por su resultado, me dijo:

—No te fíes...