Enteré al conde del estado de mis negocios, esto es, procuré enterarle, seguro de haber disfrutado de su atención, por lo menos, la mitad del tiempo. Escuchome con la grave y simpática cortesía que le caracterizaba. Decía a menudo: «Sí, sí. ¡Oh! ¡Mucho, mucho!»; pero el caballo delantero de la derecha, nombrado, si mal no recuerdo, Muslim, me hacía una competencia desastrosa. Y todo porque a menudo ponía tiesas las orejas y frotaba a su compañero con el hocico. «Quieto, Muslim, quieto. ¡Tunante! Eso, eso. ¡Bueno!» A menudo no sabía si sus exclamaciones iban dirigidas a Muslim, a don Oscar o a mí. Cuando llegamos al término de nuestro viaje, me dijo, con amable entonación:

—De modo que, por lo que veo, mi prima Tula está de acuerdo en que ustedes se casen. El que se opone es don Oscar...

«¡Maldita sea mi suerte!», exclamé para adentro, y para afuera dije:

—No, señor conde. Lo mismo Gloria que yo, creemos que doña Tula se opone aún más que don Oscar...

Y vuelta a explicárselo otra vez con pelos y señales.

Luego entendió que lo que yo deseaba era que fuese a pedir por mí la mano de Gloria a su madre, y le pareció grave.

—No, señor conde; lo único que solicito de usted es que hable con su prima y procure suavemente vencer su resistencia.

—¡Mordiscos también!, ¿eh?—exclamó, fustigando al odioso Muslim—. ¡Ojalá le hubiese rajado!

En aquel momento divisamos los toros. Se apresuró a prometerme todo lo que le pedía. Quedé con la sospecha, casi la certeza, de que no supo, al cabo, lo que era, y, lo que es más doloroso, no le importaba.

Allá, en medio de un extenso campo de un verde amarillento, había un grupo de reses. El coche dejó el camino y se puso a correr sobre el césped hacia aquel grupo.