—¿Los toros estarán amarrados, por supuesto?—pregunté.
El conde me miró sonriente y con sorpresa.
—¡Amarrados! No, señor. Están sueltos.
«¡Oh diablos!», dije para mí. De buena gana me hubiera apeado. Se me había desvanecido por completo la curiosidad de conocer el ganado. Pero los caballos, felices con pisar la hierba, corrían al galope, acercándose con velocidad pasmosa. En torno de él, como a unos cien metros, había algunos carruajes y gente a pie, formando círculo contemplativo. Creí que el conde se iba a detener allí; pero franqueó la fila de los curiosos, y sólo hizo alto a veinte o treinta varas de las fieras, que no lo parecían, a juzgar por su actitud tranquila; unos, acostados sobre los brazos, rumiando, con sosiego; otros, fijos sobre las cuatro patas, inmóviles, abstraídos quizá en alguna meditación sangrienta. El conde echó pie a tierra y me invitó a hacer lo mismo. Mas, con pretexto de encender un cigarro, me fui retrayendo.
—¿Son todos toros?—pregunté, afectando serenidad, al único criado que se había quedado conmigo.
—¡Zeñorito!—exclamó en el colmo de la sorpresa—. ¿No ve su mersé los cabestros?
—¡Ah, sí!
La verdad es que no distinguía unos de otros. Todos me parecían en aquel momento igualmente sospechosos y aborrecibles. «Yo no me apeo», dije interiormente, a pesar de que veía al conde aproximarse a las reses hasta casi tocarlas. Pero el prócer gozaba fama de temerario, y yo no tenía deseo alguno de adquirirla.
—¿Qué tal los muruves?—preguntó el mismo criado a un chulo que andaba por allí cerca.
—¡No lo ves, hiho, qué animalitos de Dio! Paesen hechos de masapán de Toledo... Aluego allá ellos... Si se najan, la farta será del gobernaó... Que les den lo suyo; los toritos no piden más que eso.