Hablaba con mucho aplomo y una entonación grave y persuasiva, que es en Andalucía general entre los hombres de la plebe cuando se hacen viejos. Después que le dejé desahogarse, le fui preguntando por la gente que allí había.

—Esta mosita, que se yama Concha, es mi sobrina, nasía en Graná, recriá en Málaga; es bailaora en casa de Silverio y gana sinco pesetas... Aquella del chaleco es una tía pescuesa, ¿sabuté?, que viene siempre onde se jama... Esta otra regordetiya, la Serrana, es bailaora en er Burrero..., una güeña chica... Ha sido novia der Saleri—añadió con cierto respeto-. Ya conosería uté ar Saleri...

—¡Mucho!—respondí, aunque en mi vida le había oído nombrar.

—¡Qué lástima de chico!

Oyendo esta exclamación supuse que se había muerto, y puse la cara triste.

La conversación no impedía beber de firme a los amigos del conde... Dejaron, al fin, los toros y comenzaron a bromear con las chicas. Una de ellas, la tía pescueza que decía Primo, vino hacia mí con una cañita, y se la bebió, diciendo:

—Por uté, güen moso.

Luego se sentó a mi lado y emprendió mi conquista, sin lograr enternecerme. Sus redondeces excepcionales no me hacían efecto: me causaban asco.

Uno de aquellos barbianes se divertía en tirar aceitunas a Concha la Carbonera, que, lastimada en la cara, profería insultos atroces, entreverados de blasfemias.

—No me tirarás una monea de sinco duros, grandísimo arrastrao, dao pol tal.