—¿A que sí? Párala en la boca.
Y le arroja con tal ímpetu una moneda que si no baja la cabeza la descalabra. Fue corriendo a buscarla; pero el barbián le tiró otra a la vez, y le pegó en el cogote. La Carbonera dio un grito y se llevó la mano al sitio de donde brotaba sangre. Las atrocidades que salieron de sus labios no son para dichas. Quiso llorar; pero su tío Primo recogió del suelo las dos monedas de oro y se las entregó, con lo cual, y con un poco de agua y vinagre con que la lavó su amiga la Serrana, apaciguose lindamente. No sé si me asustó más la barbarie o la prodigidad de aquel bruto.
—¿Qué es eso? ¿Estamos en la necrópolisss o en el merenderosss de Eritañasss?—exclamó otro barbián, cuya gracia consistía en agregar una ese final a las palabras y silbarlas mucho—. ¡A bailars, niñasss! ¡A cantars, niñasss!
Primo comenzó a preludiar un tango. Todos se sentaron formando corro. La Carbonera, sentada también, olvidada del descalabro, inició allá en las profundidades de la garganta un canto que tenía mucho de salmodia:
Con sentimiento profundo
voy a nombrá
un torero que en er mundo
no tuvo rivaliá.
Por su arte y su bravura
era el rey de los torero,
por su elegante figura
se paesía ar Chiclanero.
La voz era ronca, aguardentosa, desagradable; el sonete, lúgubre.
De pronto se levanta, me arranca el sombrero de la cabeza sin mirarme, salta al medio del corro y se lo pone. Comienza una serie de movimientos con las caderas, con el pecho, los brazos, la garganta, con todo menos con los pies.
—¡Olé la Carboneriya!—gritaron dos o tres.
La Serrana y Lola siguieron:
Para España su nombre es tan grato,
que er nombrarlo nos causa plaser;
como Antoñito Sánchez, er Tato,
denguno ha imitao el volapié.
¡Qué lástima de torero!
Será eterna su memoria.
¡Mardito sea asta aquer toro
que le ha quitao al arte su gloria!