Entre dos de los barbianes había surgido una disputa acerca de los muruves (¡vuelta a los muruves!), y estaban a punto de venir a las manos. Los demás no les hacían caso. Yo hablaba con la ex novia del Saleri, aquella morena regordetilla, que era la única que no me disgustaba enteramente. Pero ignorando en absoluto el lenguaje que se usa con esta clase de mujeres, nuestra conversación languidecía. La entretenía con preguntas acerca de Málaga, a las cuales ella contestaba con marcada indiferencia, mirándome alguna vez con curiosidad, como diciendo para sí: «¿Quién será este desaborío?»

Me esforzaba en aparecer alegre y jacarandoso como los demás, y, sobre todo, en disimular el acento de mi país, adoptando otro, si no andaluz, castellano puro, al menos. No lo conseguía. Cada vez me iba poniendo más serio y hacía preguntas más insustanciales.

La Serrana me dijo de pronto:

—¿Tú eres gallego?

—No; soy de Salamanca—respondí, negando a mi tierra, como San Pedro negó a su Maestro.

—Pues se me figuraba...

Habiéndole tocado el asunto de su infancia, la ex novia del Saleri se animó un poco. Comenzó a recordar a Granada con enternecimiento, asegurando que allí se divertía la gente mucho más que en Sevilla. No dijo en qué. Traía a la memoria algunos episodios bastante ñoños de su niñez, que yo escuchaba con aparente atención, respirando, al fin, libremente, al verla distraída.

Dos de los barbianes habían ido al cenador inmediato y habían vuelto trayendo dos mujeres, que se fueron tan pronto como bebieron algunas cañas y dijeron algunas desvergüenzas. El Naranjero, cada vez más alegre, respondía a las insolencias con otras mucho mayores, gozando en aquellos dimes y diretes, donde tanto padecía la decencia. El inglés, grave y tieso, vino a sentarse sobre las rodillas de Concha la Carbonera, que le recibió a pellizcos, desternillándose de risa.

—Mi dar a ti un beso antropófago, ¿no quieres?

—¿Un beso como en tu tierra?