—Más allá.

—Bueno, venga—respondió la pobre, sin imaginar lo que pedía.

El inglés se inclinó y le dio un mordisco feroz en el carrillo. La chica lanzó un grito penetrante. Al separarse se vieron los dientes bien señalados en sus mejillas. Concha agarró una caña y la tiró a la cabeza del bárbaro, sin lograr acertarle. Pero su tío, indignado, comenzó a echar bravatas y sacó una navaja. Afortunadamente, se detuvo lo bastante para que pudiéramos intervenir y sujetarle. Imaginé que no tenía voluntad muy decidida de sacarle las tripas al inglés, aunque bien lo repetía.

Todo volvió a quedar tranquilo. La pobre Carbonera lloraba en un rincón, poniéndose el pañuelo sobre la parte dolorida. Estaba de Dios que aquella tarde la habían de perseguir.

Empezaba a sentirme mareado. La lengua me había engordado sensiblemente. Noté que algo de lo que decía excitaba la risa de mi amiga la Serrana, quien me ofrecía a cada instante cañas y más cañas. Animado con sus carcajadas, me figuré que había logrado, al fin, dar con el secreto de la gracia andaluza, y, por lo visto, comencé a desbarrar de un modo lamentable. Una de las veces que Matilde me ofrecía una caña, le dijo no sé quién:

—¡Ojo, chiquiya, que eso es un bolo! (Una caña llena.)

La Serrana le hizo un guiño, que pude ver.

—Vamos, tú lo que quieres es emborracharme, ¿eh?—le dije con sonrisa protectora—. ¡Qué chasco te llevas, hija! A mí no ha conseguido emborracharme nadie jamás. Prepara el Guadalquivir de manzanilla si deseas verme ajumado.

—Matilde, deja a ese maleta... ¡Si es un gallego!—dijo a la sazón la tía pescueza de las manos amorcilladas, que no me perdonaba el mostrarme insensible a sus enormes glándulas.

—¿Yo gallego, so z...?—bramé furioso—. Ni soy gallego ni he estado en mi vida en Galicia.