Por segunda vez, como San Pedro, negué a mi tierra, y casi en los mismos términos.

Estaba muy locuaz. Les conté todos los chascarrillos que sabía y les recité una tirada de versos de mi cosecha. La ex novia del Saleri me preguntó si era escribano.

—Escritor querrás decir, prenda.

—Bueno, es igual.

—¿Igual? ¡Anda, anda!

Y con mucha formalidad me puse a explicarle la diferencia. Debí de estar muy pesado, porque concluyeron por dejarme solo. El Naranjero, que no cesaba de bromear con todo el mundo, se acercó a mí y me dijo:

—Joven, ¿qué debe hasé er que se casa?... Aprovecharse, ¿verdá uté?

No comprendo por qué aquella inocente broma me pareció un insulto terrible.

—Aprovecharse, ¿eh?—respondí rechinando los dientes—. Me parece a mí que aquí hay muchos aprovechados que se van a encontrar con la horma de su zapato.

No debió de entender lo que quería decir, porque siguió, con sonrisa plácida, preguntando lo mismo a todos.