El Naranjero era hombre de unos cuarenta y cinco años, de piel morena y curtida, cabellos cerdosos y grises, ojos negros extremadamente vivos, más bien bajo que alto y vestía, como el guitarrista Primo, la chaquetilla clásica, la faja y el hongo flexible. Sin saber por qué, quizá por su presunción de gracioso, me fue antipático desde el principio.

Ahora, después de la injuria que me había hecho (así lo creía yo), concebí por él un odio mortal, y deseaba vivamente armarle camorra. Desde el rincón donde me hallaba sentado arrojábale miradas furibundas, que él estaba lejos de advertir. Sin embargo, al cabo de un momento observé que la Serrana y Lola, formando grupo con él y otros dos barbianes, miraban hacia mí sonrientes. El Naranjero se destacó del grupo, vino con sonrisa burlona, y llevándose la mano al sombrero, con afectado respeto, me preguntó:

—Mi amo, ¿e su mersé gallego?

Una ola de indignación me invadió la cabeza. Me levanté furioso, y tratando de arremeterle, le escupí a la cara más que le dije:

—El gallego lo será usted, ¡tío granuja indecente!

Por tercera vez negué a mi tierra. El gallo no cantó, pero sucedió una cosa peor.

El Naranjero dijo con tranquilidad amenazadora y poniéndome una mano en el pecho:

—Arto, señorito, no se descomponga usté, que no va haber quien le arregle.

—¡A usted es a quien voy yo a arreglar, canalla!—grité con incomprensible rabia.

Y diciendo y haciendo, le largué una bofetada.