¡Caso extraño! Todos los que allí había, en vez de dirigirse a mí, se lanzaron hacia él y le sujetaron. Observelos pálidos y con señales de terror en el rostro. La niebla que tenía en la cabeza se me disipó. Vagamente comencé a entender que había hecho algo más grave de lo que a primera vista parecía. No sabía dónde estaba esta gravedad, pero la adivinaba. Mi enemigo, agarrado por todas las manos, me dirigió una mirada centelleante de cólera. Luego la cambió por otra irónica, y dijo con aparente sosiego:

—Vamo, señore, suerten ustedes, que no ha pasao na... Bofetá más o menos, ¡qué importa!

Le soltaron, pero sin dejar de observarle con inquietud. Apareció completamente tranquilo. Se puso el sombrero, que se le había caído, bebió una caña de manzanilla, y acto continuo se despidió, sonriendo, de sus amigos:

—A la paz de Dios, señores. De aquí a luego.

Así que salió reinó un silencio embarazoso. Los semblantes expresaban mal humor e inquietud, incluso el del conde, quien me dirigió una mirada fría de curiosidad donde creí advertir también cierta conmiseración burlona.

—¿Qué les parece de mi amigo Sanjurjo?—preguntó después a los barbianes con cierta sorna—. ¿Verdad que no tiene el vino bueno?

—¡Pchs! No ha estao mal—respondió uno, con la misma entonación de zumba, y sin mirarme.

Observé que los barbianes cambiaron entre sí rápidas miradas burlonas, que me hicieron malísimo efecto.

La tía pescueza, que aún persistía en su conquista, vino a mí con una caña en la mano, y me dijo en voz baja:

—Así me gustan los hombres. Perdona, hijo, si te he llamao gallego.